Monday, August 26, 2013
Friday, July 5, 2013
Miami como delirante folletín
Muy
pocas ciudades del continente americano amontonan por metro cuadrado
tantos actores y actrices – y otras misceláneas del
entretenimiento– que la ciudad de Miami. Una de las razones,
indudablemente, es la aceitada maquinaria de la industria que con sus
producciones hechas en casa llega a distintas partes del mundo.
Cuando hablamos de producciones, se entiende, hablamos de
telenovelas. Santiago Roncagliolo (Lima, 1975) situó su último
libro en Miami. Lo hizo porque la ciudad le servía perfectamente
para la trama de Óscar
y las mujeres.
La
obra cuenta la historia del guionista Óscar Coliffato. Algunas
señas particulares: odiar la playa, coleccionar manías, esmerarse
por ser un pésimo padre, no tener el mínimo interés por las
mujeres, pero escribir las telenovelas más exitosas del mercado. Del
modo más natural se lleva bien con la vida. Hasta que un día
sobreviene la tragedia. Su novia lo abandona y no puede más
escribir. Coliffato no lográ pasar de la página en blanco, padece
un bloqueo creativo. Se da cuenta que en verdad las mujeres son
importantes para su pequeña existencia.
Mucho
antes de que Óscar
y las mujeres se
materializara en un libro de papel listo para consumir en las
librerías, Alfaguara –casa editorial de Roncagliolo desde el
inicio de su carrera–decidió apostar por el decimonónico
folletín, ahora renovado en la inevitable era digital, y ofreció
durante el mes de enero pasado cada uno de los capítulos de la obra
a un precio de 0,99 euros y el ebook, ya completo, a 9,99 euros.
Santiago
Roncagliolo ganó por Abril
Rojo
el Premio Alfaguara de Novela 2006. Por esa obra también obtuvo el
Independent Prize of Foreign Fiction británico. Antes había editado
Pudor
(Alfaguara, 2004), que fue llevada al cine. Además ha publicado
libros de periodismo como La
cuarta espada
(Debate, 2007) y El
Amante Uruguayo (Alcala, 2012),
guiones de cine y televisión, traducciones literarias y libros para
niños.
Óscar
y las mujeres
es la primera obra de un autor en lengua española que se publica por
capítulos en formato digital. ¿Qué sintió cuando la editorial le
propuso este desafío?
–Que
ojalá se me hubiese ocurrido a mí. El lanzamiento digital fue un
éxito. Y sirvió para promocionar el libro en papel. Cuando Óscar
y las mujeres
llegó a librerías, ya todo el mundo estaba hablando de él. Pero
sobre todo, era una manera de homenajear al personaje, y a todos los
escritores de historias por entregas, en papel o en pantalla, que
deben ganarse al público a pulso, capítulo por capítulo.
¿Qué
encontró en la ciudad de Miami para ambientar aquí su nueva novela?
–Miami
es un escenario perfecto para una comedia. Es una ciudad luminosa y
abierta, que mezcla el espíritu grandioso de los americanos con el
sabor latino. Es la verdadera capital del glamour hispano, desde
Julio Iglesias hasta las telenovelas. Y por eso mismo, concentra todo
lo que Óscar odia. Me divertí mucho imaginando a un personaje como
él, que no sabe conducir y odia el Sol, en una ciudad como Miami.
En
la publicidad de la novela hay algunos afiches que lo muestran a
usted con barba, anteojos y bigotes, es decir caracterizado de Óscar
Colifatto. ¿Qué tanto tiene Santiago Roncagliolo de su personaje?
–No
es gratuito que nos confundan. Mientras escribía la novela, yo mismo
vivía lo que él. Llevaba mucho tiempo encerrado en mi carrera y mis
novelas, y debía recuperar el contacto con mi esposa, mis hijos y la
gente que me quiere. El gran reto de Óscar es aprender que la vida
real está fuera de su cabeza.
Alguna
vez trabajó como guionista de telenovelas. ¿Por qué será que aún
hoy sigan teniendo éxito y no sólo en América Latina?
–Porque
son historias de amor. Y todos queremos enamorarnos. Todos los días.
Con amores apasionados e imposibles. Las telenovelas encarnan nuestra
fantasía más básica. El problema de Óscar es que sabe mucho de
las fantasías amorosas, pero nada del amor verdadero. Y sin embargo,
lo va intentando.
Óscar
y las mujeres
tiene mucho humor. Un rasgo que no es común en la literatura
latinoamericana.
–La
literatura anglosajona se llevan mejor con el humor: ahí están los
Amis, Philip Roth, Tom Sharpe o David Lodge. En cambio, a los
intelectuales latinos les da vergüenza reír. Creen que es cosa de
tontos. Para mí, por el contrario, es una señal de inteligencia.
Cuando en una reunión conoces a un tipo pomposo y solemne, y a otro
divertido, el más listo siempre es el segundo.
A
propósito, algunos críticos en Perú han dicho que es una novela
light.
¿Por qué cree que el texto ha motivado esa serie de críticas?
– No
me parece malo que sea una novela ligera. Ya era hora. A lo largo de
mi carrera, mis libros me han granjeado amenazas de muerte, censuras
y polémicas en la prensa de varios países. He lidiado con mafiosos
del Caribe y terroristas del Perú. He escrito libros muy oscuros.
Esta vez, simplemente quería divertirme. Me lo he ganado.
Se
crió en el Perú y desde hace años vive en España. ¿Cómo ve la
situación actual de ambos países?
–Es
el mundo al revés. Los peruanos están contentos y esperanzados. Los
españoles, deprimidos. Me alegra lo primero, pero me entristece lo
segundo. Creo que la sociedad española es mucho mejor de lo que ella
misma cree: tolerante, libre, solidaria, democrática. Sólo que está
de tan mal humor que no consigue verlo.
Vera
Entrevista Santiago
Roncagliolo, El Nuevo Herald
Angeles Mastretta, su libro más autobiográfico
La
tapa del último libro de Angeles Mastretta muestra a dos niñas
vestidas para un día domingo. Miran a la cámara, la más pequeña
algo tranquila y la otra más seria, pero ambas esperando que el
fotógrafo –“un gringo alto y muy rubio”, según recuerda la
autora– haga por fin lo suyo, que es lo que ahora, luego de algunos
años, mira el lector. Que haya elegido la escritora mexicana una
foto personal para ilustrar su nueva novela no es casualidad. La
emoción de las cosas
es una suerte de autobiografía en que la niñez, es decir los juegos
y también los padres como los hermanos, quedan retratados y con ese
gesto bastara para volver al pasado.
Mastretta
ha abierto la puerta para que el lector conozca los momentos de
felicidad y de los otros que hacen a una vida. La escritora, que está
casada con el autor y analista político Héctor Aguilar Camín, es
una de las más reconocidas en su país y el resto de América
latina. Desde que editó su primera novela, Arráncame
la vida,
que fue un éxito editorial y se tradujo a más de veinte idiomas,
cada una de las nuevas que publica consiguen la admiración de su
público fiel y de parte de muchos colegas, como Carlos Fuentes y
Gabriel García Márquez, que vieron como un merecido reconocimiento
el que haya ganado el Premio Rómulo Gallegos 1997 por Mal
de amores.
“Nadie
quiere morirse, y no por esperada la muerte nos violenta y atenaza
menos”, escribe Mastretta en el primer capítulo, “Mis dos
cenizas”. “Vamos a ella como lo más inusitado. Mi madre estaba
muy enferma y tenía cuatro más de ochenta años. Vivió meses en
disputa con las debilidades de su cuerpo, empeñada en balbucir que
aunque fuera así quería estar un rato más, mojarse con el sol, oír
nuestras pláticas, beber su avena y comer cada día el dorado pan
nuestro. Respirar. A un pedazo de su jardín se irán los trozos de
arena cenicienta que se volvieron sus ojos claros, su voz, su
memoria, su pasión desesperada por la vida y por los hijos de su
esposo Carlos, los hijos que nos hemos reunido hoy en la tarde, a
pensar bajo qué árbol los pondremos. A los dos, porque luego que mi
madre murió, recuperamos también los restos de mi padre y lo
hicimos arder, como a ella, hasta que nos devolvieron su destello en
granos pequeños”.
Cada
capítulo de La
emoción de las cosas es
breve, como entradas a un blog. Mastretta se permite reflexionar
sobre el México
de su infancia, demasiado lejano del actual, sobre el oficio de
escribir –“solo la precisión conmueve y solo conmover importa”
sostiene como un mantra–, confesar su amor por la ciudad de
Venecia, admirar a Jane Austen y Isak Dinesen. En el corazón del
libro está la revelación de un secreto familiar: su padre de origen
italiano, que murió relativamente joven, cuando Ángeles tenía 19
años, combatió en la Segunda Guerra Mundial y vivió una historia
de amor que fue siempre una sombra en el hogar de la autora.
“Solo
recuerdo la emoción de las cosas”, escribió Antonio
Machado. El verso le sirve a Mastretta para titular el que tal vez
sea el menos publicitado de sus libros, ya que difícilmente sirva
para una adaptación cinematográfica, como ha sido el destino de su
novela Arráncame
la vida
y varios de sus relatos. Pero esta obra es un testimonio que se
remonta en el tiempo y alcanza aquello que el poeta español y ahora
la autora mexicana retoma: darle un sentido a lo vivido para no
perecer.
Vera
Review La emoción de las cosas, Angeles Mastretta (El Nuevo Herald)
Wednesday, June 5, 2013
Rodrigo Rey Rosa, Guatemala feroz
Como Borges, Roberto Bolaño es de esos autores al que debe volverse una y
otra vez para entender y disfrutar la literatura contemporánea
escrita en español. Y como Borges, también, las opiniones
literarias del escritor chileno fallecido en el 2003 en Barcelona, no
son menos polémicas, generosas, pero siempre lúcidas. A Bolaño le
gustaban las historias de Rodrigo Rey Rosa (Guatemala, 1954). De él
dijo que era “un maestro consumado, el mejor de mi generación”.
Rey
Rosa escribió la mitad de su obra en Tangér. En esa ciudad
marroquí –previa estadía en New York donde estudió cine–
conoció al escritor norteamericano Paul Bowles, autor de The
Sheltering Sky.
Fueron amigos y con el tiempo Rosa su traductor al español y albacea
literario. Hace diez años regresó a Guatemala donde publicó, entre
otras, las novelas Piedras
encantadas
(2001),
El material
humano
(2006), Severina
(2011)
y este año Los
sordos.
Las
historias están escritas en
un tono si no sereno, en buena medida de una sencilla elegancia. El
comienzo de Los
sordos es
contundente:
un niño sordo indígena y la hija de un banquero desaparecen. Con
este incidente, Rey Rosa desarrolla los conflictos actuales –pero
enquistados en un pasado lejano– de la sociedad guatemalteca:
violencia, corrupción política, choque de clases, incomunicación.
Habitualmente
sus novelas no pasan las 200 páginas. “Los sordos” excede esa
cantidad. ¿El cambio tiene que ver con un deseo de trabajar otras
formas en su narrativa?
–Precisamente.
Y me gustaría intentarlo de nuevo.
En
esta novela, además, hay una descripción de las costumbres
ancestrales de los mayas de su país. ¿Se documentó en este tema?
¿Entrevistó a indígenas mayas?
–Sí.
Tuve que hacerlo. Pero fue algo que no había previsto al comenzar a
escribir la novela. La narración misma me llevó allí. Llegué a
un punto en el que me di cuenta de que tenía que obtener información
de primera mano. Tuve la suerte de encontrarme con un "tatita",
una autoridad maya en materia de jurisprudencia, que además era
estudiante de leyes en la Universidad de San Carlos, en la Ciudad de
Guatemala. Él me indicó con quiénes hablar al respecto en
Nahualá, en el altiplano guatemalteco, y viajé allá para
entrevistarme con un consejo de ancianos. No estoy seguro de que
comprendieran por qué quería averiguar ese tipo de cosas (cómo
juzgarían al personal de un hospital en el que se llevaban a cabo
prácticas irregulares en las cercanías de su comunidad, cosas así)
pero fueron bastante claros en sus respuestas. Lo principal, me
explicaron, sería comprobar cuáles eran esas prácticas. Luego
había que confrontar a médicos y paciente; pero para eso había que
consultar antes el tz'ite', una especie de oráculo, para decidir en
qué momento convendría juzgarse un caso así...
En
un reportaje reciente comentó que en "Guatemala se vive una
especie de apartheid sin leyes". ¿De dónde proviene tanto racismo
entre las clases sociales de su país?
–De
nuestro pasado colonial, claro.
Vivió
durante muchos años en el exterior. ¿Cuando regresó a su país en
qué cosas encontró un progreso y en qué otras no tanto?
–Volví
en el momento en que se acordó un cese al fuego, a principios de los
noventas. Pero por entonces, por otra parte, comenzaba la
destrucción masiva de las selvas guatemaltecas. Y las exploraciones
de minería de metales, que están terminando de destruir el país.
¿Qué
entraña de su paso por los Estados Unidos?
–Dos
o tres amigos.
Fue
amigo de Paul Bowles. ¿Hay alguna enseñanza que a menudo recuerde
de él?
–¡Sí!
Intervenir lo menos posible en mis narraciones; dejar que el
subconsciente haga el trabajo. Me refiero a los temas y las
situaciones. Bowles creía que el estilo era más bien una cuestión
de claridad, de precisión, de
corrección.
¿Cuál
es el libro que más ha disfrutado de Roberto Bolaño?
–Son
dos, en realidad.
La Literatura Nazi en América,
y 2666.
Dirigió
un film, “Lo que soñó Sebastián”. ¿Tiene pensando encarar
otro proyecto para el cine?
–Si
no puedo evitarlo, tal vez.
Si
alguien le propusiera adaptar una de sus novelas o relatos, ¿cuál
le gustaría que llevaran al cine?
–Tal
vez Cárcel
de árboles.
Además
de Borges y Bioy Casares, ¿hay algún otro escritor latinoamericano
que le interese?
–Rulfo,
Arreola, De la Selva, Ribeiro, Lispector, y tantos otros. Borges,
Bioy y Rulfo, sin embargo, son los que más he releído a lo largo de
los años, sin duda.
Vera
Entrevista Rodrigo Rey Rosa (El Nuevo Herald)
Tuesday, June 4, 2013
Sunday, June 2, 2013
Daniel Sada: la palabra justa en 25 cuentos
El
Premio Herralde de novela 2008 por Casi
nunca
significó para Daniel Sada (1953-2011) que su obra se diera a
conocer a un público más amplio. El galardón fue algo así como un
gesto de justicia literaria, ya que hasta ese momento el escritor
mexicano era un nombre para pocos y buenos lectores. A partir de ese
feliz incidente, Sada le dio la bienvenida a otros, igual de buenos y
exigentes, en América Latina y España. A un año de su muerte en la
Ciudad de México, víctima de una deficiencia renal, consecuencia de
la diabetes, el Fondo de Cultura Económica publica Reunión
de cuentos.
El
lector atento que también fue el escritor Roberto Bolaño señaló
uno de los rasgos de la literatura del mexicano: «Daniel Sada, sin
duda, está escribiendo una de las obras más ambiciosas de nuestro
español, parangonable únicamente con la obra de Lezama Lima, aunque
el barroco de Lezama, como sabemos, tiene la escenografía del
trópico, que se presta bastante bien a un ejercicio barroco, y el
barroco de Sada sucede en el desierto». Cada palabra en las
historias de Sada ha sido elegida con una cálida, honda y no menos
determinante elección. El ensayista francés Philippe Ollé-Laprune,
a cargo del prólogo del libro, determina: “sus frases se leen como
quien mide versos de un poema”.
En
el cuento “Juguete de nadie” las palabras del ensayista cobran
sentido. Allí se lee: “Era cosa normal pasarse todo el día
pintándose la boca: la joven que una vez llegó muerta de frío
pidiendo sombra y mano, que apenas pudo hablar; de sus labios
carnosos salieron las palabras mientras su cuerpo altivo de virgen
solitaria temblaba y se encogía. Pero sus fingimientos no daban la
apariencia, su gesto por mentir –y en ello su ventura– era su
cruel verdad de vagabunda”.
El
realismo y lo lírico-fantástico arman las 25 historias de Reunión
de cuentos, y
a
todas
Sada
las sitúa en el fondo del Norte mexicano. Son pasajes vividos que
estimulan al aventurero sedentario que es lector. Desde sus primeros
libros el autor creó su propia mitología en este escenario. Y aquí
una aclaración: Sada no es un autor regionalista. Su prosa puede
reproducir la oralidad de una región, pero los temas escapan a
cualquier locación. En este sentido, Sada es un mexicano universal.
Muchas
veces los personajes de estos cuentos se pierden en la realidad como
en sus pesadillas, en un esfuerzo por bifurcar el camino que la
sociedad ha construido pacientemente para ellos. El recurso para
escapar es el humor. No sirve de mucho, pero es un intento digno,
bello, admirable, como la escritura del autor.
Daniel
Sada estudió periodismo en la Escuela Carlos Septién García.
También dirigió talleres de poesía y narrativa y fue becario del
Centro Mexicano de Escritores y del Instituto Nacional de Bellas
Artes (INBA). De su obra se destacan las novelas Porque
parece mentira la verdad nunca se sabe (1999,
Premio José Fuentes Mares), Ritmo
Delta
(2005, Premio de Narrativa Colima) y el libro de relatos Registro
de causantes (1992,
Premio Xavier Villaurrutia).
Vera
Review Reunión de cuentos, Daniel Sada (El Nuevo Herald)
Wednesday, March 27, 2013
Aquella tarde con Bioy
Making-of:
Al releerla, la entrevista con
Adolfo Bioy Casares tiene el tono inconfundible de la primera juventud. Para
ese entonces tenía veintiun años y de vez en cuando escribía en algunas
revistas efímeras como también para el diario Clarín, e intentaba ordenar el
archivo personal y clasificar digitalmente la biblioteca de uno de los editores
del Suplemento Joven Sí. – Durante ese trabajo pude leer por fin Beautiful Losers, la novela de Leonard Cohen
que tanto había nombrado en entrevistas Luca Prodan, el líder del grupo de rock
argentino Sumo, y descubrir en algunas ediciones paperback al poeta ganador del Nobel Joseph Brodsky.
La entrevista se pautó como el
diálogo entre dos jóvenes (el otro en la aventura era Roberto Giovagnoli) y el “Gran” escritor argentino vivo que en
ese entonces era Bioy Casares. Por eso mismo las preguntas eran aquellas relacionadas
con las inquietudes del lector promedio del Suplemento Joven Sí de Clarín (el
rock, las drogas, el sexo, la literatura, el Sida, la política y un largo pero
breve etc). Al momento de finalizarla (en ese entonces, como bien lo explica
Bioy en la entrevista, no daba menos de diez por día) el editor del suplemento
cambió y por esas mezquindades bien criollas, el nuevo la dejó guardada en un
cajón. De esta manera, al cabo de unos meses, se publicó en una revista
independiente.
El trabajo, sin embargo, recibió el
eco de otras publicaciones (entre ellas el novísimo diario Perfil y la hoy
extinta “Luna”, revista del multimedio al que pertenecía...Clarín). No era
casual: Bioy Casares además de hablar de algunos temas ajenos a otras
entrevistas que había concedido, afirmaba que Borges había experimentado con
drogas.
Con el tiempo, aquellas lecturas de
su obra se han desdibujado por otras que vinieron luego. Desde ya quedan los
cuentos “En memoria de Paulina”, “”El perjurio de la nieve”, la novela La
invención de Morel y ciertos pasajes de Borges. Lo que sigue intacto es
aquella primera imagen de Bioy recibiéndonos en su cuarto, sentado en su
escritorio, rodeado de libros e iluminado con esa maravillosa y única luz que tienen las
mañanas de Buenos Aires.
Adolfo,
alguna vez bailó rock and roll?
–No
creo… pero no tendría ningún inconveniente en hacerlo (se ríe). He sido un
individuo físicamente apto para casi todo. He tenido la suerte de correr muy
bien los cien metros. En casi todos los deportes que hice fui mejor que el
término medio. Por ejemplo jugué tenis y llegué a campeón de menores de la
ciudad de Buenos Aires. Me hubiera gustado ser campeón mundial, pero no, eso
no.
¿Qué le parece el rock?
–Muy
lindo, muy lindo. Me gusta mucho. No conozco de conjuntos, pero el tango como
algunos blues tradicionales son agradables. Una de mis canciones preferidas es
“Saint Louis Blues”.
Cuando escribe, ¿lo hace con música?
–No
tengo ningún requerimiento para eso. Me levanto temprano a la mañana, me
afeito, me baño y a las diez y media estoy acá, en mi cuarto. Lo más natural es
que escriba hasta el mediodía. Después salgo a almorzar, que no son más que mis
salidas, y luego duermo una siesta que es rigurosa; a la tarde vuelvo a
escribir y no tengo nada, entonces leo.
Edgar Allan Poe fumó opio y en varios de
sus cuentos es fácil detectar imágenes producto de su uso; Lord Byron al igual
que William Burroughs también usó drogas para pasar el tiempo o crear. Usted,
¿alguna vez las consumió?
–Nunca
necesité, nunca nadie me ofreció eso. Francamente no requerí de ningún tipo de
esas cosas en la vida.
¿Tampoco por curiosidad?
–No.
Recuerdo que Borges un día me dijo que había probado cocaína y le pareció
desagradable. Entonces yo pensé: “para que me parezca desagradable, ¿para qué?
Imagino que la gente que recurre a eso tiene algún descontento, necesitan de
algo. Pero yo con escribir, leer y las amigas que tuve en suerte he estado
ocupado y bastante feliz.
En un reportaje reciente confesó que no
estaba enamorado porque era una persona vieja. ¿Cómo hace entonces un hombre
que tuvo muchos amores y que fue tan pasional para resignarse ahora a no tener
ninguno?
–Mire,
cuando era más jóven y tenía mujeres pensaba: “¿qué pasará el día en que no
pueda tenerlas más? ¿Querré suicidarme? Y, sin embargo, ahora descubrí que
estoy tan interesado y divertido como antes… Tal vez (se ríe) un poco más
descansado, ¿no? Cuando tenía mujeres a veces nos peleábamos, a veces trataba
de complacerlas más allá de lo que tenía ganas… y bueno, ahora no tengo esas
exigencias. Desde luego tengo una especie de arrepentimiento por haber sido
infiel a personas que he querido mucho; pero también pienso que la vida es tan
compleja que sin esas cosas hubiera sido más pobre mi vida, y creo que tuve una
vida muy buena, muy rica, con sentimientos muchas veces vivos. Si hubiera sido
fiel y tranquilo no hubiese tenido nada de eso. Me han dado una cosa y tuve que
pagar con algo que duele.
Esa sería una forma para intentar que la
pasión no muera en lo cotidiano…
–Los
seres humanos son bastante sorprendentes, y entonces pasando de una mujer a
otro se encuentran nuevas impresiones fuertes…
Es tan común que el hombre enamorado se
vuelva un estúpido…
–Es
verdad. Aunque trataba de no serlo (se ríe), porque cada vez que fui estúpido
me largaron. Sabía que no podía serlo demasiado, ya que la mujer es muy
intuitiva y se da cuenta de eso.
¿Alguna vez tuvo relaciones con una
prostituta?
–Cuando
era jóven como usted, por ahí tuve alguna; pero francamente no recuerdo. Quizá
lo he hecho por error sin saber que era prostituta, y por suerte nunca tuve
enfermedades venéreas. He tenido suerte.
Ahora es distinto: sí o sí hay que
cuidarse.
–Creo
que ustedes, los jóvenes, tienen una vida muy difícil con el SIDA. En mi época
era la blenorragia o la sífilis lo que nos amenazaba. Era horrendo, pero con
tres o cuatro inyecciones se curaba. Pero ahora no, el SIDA es mortal.
¿Tiene miedo al futuro?
–¿Miedo?
Claro, porque –con todo respeto– es
difícil que viva 30 años más.
–Sí,
eso es justo lo que no me gusta. Desearía vivir cien años más. La idea de la
muerte resulta bastante desagradable. Alguna vez escribí que todos somos héroes
porque vamos a tener que pasar por el momento de la muerte. Con esto le digo
que pienso ese momento con estremecimiento. Yo amo la vida.
¿Cree que luego puede llegar a haber algo
más allá?
–¡No!
No creo en nada (se ríe; mueve las manos) eso es lo malo. Desearía tener un
cuentito y contármelo.
Entonces, ¿cómo sería la muerte elegida
por Adolfo Bioy Casares?
–Me
gustaría esperarla cuando estén pasando los títulos de alguna buena película.
En ese momento, que no exista nada, ahí que venga.
Se extraña Buenos Aires…
–Sí,
desde luego. Ninguna ciudad me gusta más. Pero aquí suelo tener varias
entrevistas demasiado seguidas. Hay veces que hasta diez por días, y semejante
número es cansador. Pero ésta no: tengo la sensación de que ésta entrevista es
como si fuéramos amigos, tratando de pensar juntos.
¿Qué Gobierno le parece que ha hecho algo
bueno por la cultura?
–(piensa
algunos segundos) Me parece que Alvear estuvo bastante bien… el de Justo
tampoco fue malo…
¡Adolfo, algo más contemporáneo!
–…
Y bueno, para encontrar un buen gobierno hay que viajar bastante en el tiempo.
Creo que no elegimos buenos gobiernos y no nos tocan buenos gobernantes…. Y los
que nos depara el ejército tampoco son buenos.
En estos momentos, ¿al país lo encuentra
bien?
–(piensa)
A veces me da miedo. Tengo la sensación que hay demasiados avisos de catástrofe
para que el país pueda soportarlos y sobreponerse. Pero también recuerdo la
frase: “siempre pasó todo mal”. Con esto le quiero decir que de todas formas el
mundo sigue bastante esplendoroso.
Pero habría al menos una manera de estar
mejores…
–Para
eso habría que ser otras personas, digo, si uno piensa eso creo que la
obligación nuestra sería mejorar el mundo… pero para eso habría que convertirse
en político y uno a veces piensa si quisiera serlo.
Es difícil que la juventud quiera eso.
–(se
ríe fuerte) ¡Yo tampoco!
¿Dudaba cuando era joven de su obra?
–No,
sabía que estaba escribiendo cosas malas, pero igual mi destino era ser escritor.
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