Friday, June 10, 2016
Friday, May 20, 2016
Arturo Pérez Reverte: "Vienen tiempos difíciles"
El
sábado a la tarde llovía, lo que en Miami es suficiente para que la
gente prefiera quedarse en la comodidad de su casa y ver una serie de
televisión. Sin embargo la librería Books and Books de Coral Gables
estaba repleta de lectores. ¿Motivo? El escritor y periodista
español Arturo Pérez-Reverte, un best seller dentro y fuera de su
país, presentaba What
We Become (Atria
Books), la versión en inglés de El
tango de la Guardia Vieja
(Penguin Random House).
La novela, que es la
décimocuarta del autor, tiene como protagonistas a Max Costa y Mecha
Inzunza –él un ladrón y bailarín de tango; ella una dama hermosa
y de la alta sociedad–, que a lo largo de 40 años del
convulsionado siglo XX viven una historia de amor tan pasional como
trágica. Como fondo de esta historia que no olvida la aventura, un
elemento que siempre acompaña la narrativa del español, aparecen el
tango, las ciudades de Buenos Aires y Niza, la Guerra Civil Española
y los años de la Guerra fría.
Pérez-Reverte
es conocido por el público más joven como el autor de la saga Las
aventuras del capitán Alatriste, un verdadero éxito de ventas.
Novelas como El
maestro de esgrima,
La
tabla de Flandes
y El
club Dumas
fueron llevadas al cine. Es miembro de la Real Academia Española y
ejerció como reportero de guerra durante 21 años.
¿Tardó más de
20 años en escribir esta novela?
Hay novela rápidas
y novelas cortas. Y ésta fue larga. La empecé a escribir hace más
de veinte años y a las pocas páginas me di cuenta que no estaba
funcionando, y la dejé dormir. Entendí que era demasiado pronto
para esta novela: necesitaba más vida, más edad, más experiencias,
más canas en la barba y arrugas en la cara. Llegó ese momento y la
escribí.
El
tango de la Guardia Vieja
tiene un cierto clima de film noir. ¿Quiso darle algo de ese
espíritu a la novela?
No exactamente. La
historia habla sobre una Europa que ya no existe. Una Europa que poco
a poco fue desapareciendo. Esa Europa yo la recuerdo en blanco y
negro. No son deliberados estos recuerdos, ni mi sensación ni mi
infancia, lo que me contaba mi abuelo ni las fotografías en casa de
mis padres. Las fotos de bodas de ellos. Mi madre era una mujer muy
elegante, bailaba muy bien. Todo eso lo recuerdo en blanco y negro. A
la hora de recrear la historia no he podido evitar que ese blanco y
negro esté presente de una manera estética en toda la novela.
La historia está
situada en diferentes ciudades y también hay hechos históricos. ¿Se
documentó?
Hay escritores
cazadores y escritores recolectores. El recolector es aquel que está
en un territorio del que no se mueve más que con la imaginación; el
cazador es aquel que sale fuera a la vida a moverse, que va cazando:
viaja, ve, vive. Yo soy ese tipo de escritor. Fue reportero muchos
años y pasé la vida afuera. Para mis novelas yo viajo a esos
lugares, me documento, hablo con la gente. Saco fotografías, tomo
notas, leo libros, voy a los hoteles. Cada lugar que sale en mis
novelas yo he estado en él. Esa parte de realidad es la que llevo
siempre a las novelas.
En
El
tango de la Guardia Vieja
hay una historia de amor muy fuerte. ¿Cómo se hace para trabajar
ese sentimiento y no caer en lo cursi?
Es que yo no soy
cursi. No podría caer en lo cursi. Solamente un escritor cursi cae
en lo cursi, pero la vida que yo llevé fue muy ruda en una época
muy dura en mis veinte años de reportero. He vivido, he leído, y
tengo una biografía compleja, pero no hay nada cursi en esa
biografía. Incluso mis recuerdos de amor en mi vida no son nada
cursis. El amor solamente es cursi cuando quienes lo practican son
cursis. Pero cuando son personas con una biografía diferente el amor
corresponde con la vida del que lo siente. Aparte soy un escritor
profesional, sé evitar los peligros, o lo intento. No es una novela
sentimental. El amor tiene una parte importante, pero no es una
novela de amor. Es una de aventuras.
El protagonista
es bailarín de tango. ¿Usted sabe bailarlo?
Sí. Y mi padre
nació en una época en la que era fundamental saber bailar tango
para conocer chicas guapas. De hecho conoció a mi madre en un baile
de tango. El tango ha estado siempre en mi familia como una especie
de mito, de referencia, de broma familiar. El tango como parte de la
vida. El tango como único acto sexual que puede hacerse vestido y de
pie. Eso ha estado muy presente en mi vida desde niño. Escuchaba
cantar tango a mi padre cuando era joven, lo vi bailar tango. Mi
padre era un hombre muy elegante al que utilizo como modelo para el
protagonista de la novela. Me ha sido entonces muy fácil utilizar el
tango como elemento en la historia.
La última novela
del capitán Alatriste es “El puente de los asesinos” (2011).
¿Hay proyectos para que regrese?
Alatriste es un
compañero al que le tengo mucho afecto. Me ha ayudado a explicar y
entender muchas cosas de España y lo hispano, eso incluye a América.
Lo que pasa es que ya hay siete novelas. Voy a seguir, pero decidí
dejarlo descansar un poco, hacer otras cosas y luego volver. Ha
llegado a ser un personaje tan familiar para los lectores que ellos
ya me exigen cosas de Alatriste que soy incapaz de dar. Por eso me
siento muy responsable de él.
¿Le
gustó la adaptación televisiva de La
reina del sur?
Me gustó. Era una
novela pura para adaptar al público de telenovelas. Ahora se está
haciendo una segunda versión en inglés. Estoy muy contento con esa
historia porque es un trabajo que trascendió la novela. Y ahora la
gente cree que existió de verdad. Uno va a México y hablan de
Teresa Mendoza como si hubiera existido. Los narcos la leen. El Chapo
Guzmán estaba viéndola cuando lo detuvieron.
Con respecto al
tema del narcotráfico, ¿cree que una de las soluciones sería la
legalización de las drogas?
Es más complejo. Me
inclino por la legalización, pero una controlada. Es decir, no
libertad de narcotráfico y de narcóticos. Hay drogas muy
peligrosas, hay partes del narcotráfico que son peligrosas y otras
que no lo son tanto. Habría que negociar una solución
satisfactoria. Sin duda, una mayor dosis de realidad a la hora de
legislar sobre el narcotráfico permitiría eliminar algunos
elementos muy críticos y muy peligrosos del negocio de las drogas.
¿A veces no
tiene ganas de volver al frente de batalla?
No, es un trabajo
para jóvenes. Ahora tengo 64 años y ya la vida que llevé me pasa
factura. Pero cuando era joven fui muy feliz como reportero porque
viví en muchos países, en muchas guerras, muchas aventuras. Y sobre
todo, mi trabajo me dio una mirada, una forma de mirar el mundo. Una
experiencia vital, esa biografía con la que ahora escribo novelas.
Soy lo que soy ahora porque fui lo que fui de joven. Fue una vida
intensa que recuerdo con mucho afecto pero ya no tengo ni edad, ni
salud ni ánimo para vivir esa vida tan dura.
¿Es optimista
con la situación en España?
Soy pesimista con
respecto a Europa no sólo con España. Creo que hay un modelo de
Europa, como referente moral del mundo, de Derechos Humanos y de
libertades, esa Europa moderna y que iluminó el mundo incluido a
América, hoy esa Europa está en decadencia. Vienen tiempos oscuros.
Ya ha pasado la etapa. Es un continente viejo, con pocas
posibilidades de ser lo que fue y creo que la fuerza está en otros
lugares. Europa es un museo de la libertad y el derecho humano, de
los derechos del hombre. Está quedando cada vez más atrás en el
tiempo. Es un momento triste. En Europa están apagando la luz.
Vera
Entrevista Arturo Pérez Reverte, El Nuevo Herald
Sunday, May 15, 2016
Saturday, March 5, 2016
Bianciotti, el cordobés de París
Hace poco leía un artículo de Patricio Pron sobre esa costumbre enraizada en la cultura argentina de expulsar autores hacia otros países donde continúan su obra, muchas veces en otro idioma –por lo general en francés. El escritor de La vida interior de las plantas de interior enumeraba algunos artistas como Juan Rodolfo Wilcock, Copi, María Cecilia Barbetta y Héctor Bianciotti. Sobre el autor nacido en Córdoba en 1930 y fallecido en París en el 2012, agregaba “se piense de este último lo que se piense”. Esa frase hizo ruido en mi cabeza. ¿Qué es lo que se piensa de Bianciotti? ¿Qué es lo que yo pienso de este autor que tras vivir más de veinte años en Francia decidió, luego recibir la ciudadanía de ese país, escribir sólo en francés?
Héctor Bianciotti es una figura incómoda en la literatura argentina, y me atrevería a extender esa sensación hacia la latinoamericana. Salvo el librito de poemas Salmo en las calles, el resto de su obra la publicó primero en el extranjero. Bianciotti escribía en un español afectado, con la pesada (y temeraria) influencia de Marcel Proust. Hay máximas y análisis minuciosos de los sentimientos, una voluntad por practicar la novela psicológica. Algunas de sus historias pasan en mansiones europeas o norteamericanas, como en la pampa argentina. Poco en su literatura tiene un color local que se pueda adherir a los autores del Boom. No hay ideología de izquierda. Es un escritor solitario que desde París construyó una obra mientras se metía en el círculo influyente del aparato cultural francés, en trabajos como lector para la editorial Gallimard y crítico literario en las revistas La Quinzaine Littéraire, Le Nouvel Observateur y el periódico Le Monde.
En los años de ebullición editorial que dio el Boom y la onda expansiva que llegó a los '70 arrastrando a autores menores, Bianciotti ganó el premio Médicis a la novela extranjera por La busca del jardín, pero ese hecho tampoco consiguió colocarlo en el radar de las publicaciones ni universidades de América Latina. Con su primera novela escrita en francés, Sans la miséricorde du Christ (Sin la misericordia de Cristo), consiguió el Premio Femina 1985.
Hay algo que siempre molestó de Bianciotti en los círculos literarios argentinos. En cada oportunidad que tuvo, no dudó en declarar el carácter provinciano de la literatura del Río de la Plata. Salvo Borges, Silvina Ocampo, Silvia Baron Supervielle, Juan Rodolfo Wilcock y uno que otro autor, Argentina estaba enclavada en la barbarie y en una historia breve y violenta. Para el escritor cordobés, Europa y más puntualmente Francia, era el sinónimo de la civilización. Sus abuelos piamonteses habían emigrado a “la América” por un futuro menos difícil, pero una vez instalados en la pampa argentina, sólo habían cosechado una vida minúscula, que se mimetizó con la chatura del paraje salvaje. Con su viaje a Europa, Bianciotti encausaba ese destino que había ido en un momento en zig zag. Bianciotti regresaba a casa.
Una tarde de 1955 en Plaza San Martín, de la ciudad de Buenos Aires, el escritor se topó con Wilcock –otro que en su nueva vida en Italia abandonaría definitivamente el español por la lengua de su país adoptivo. Al verlo, el autor de La sinagoga de los iconoclastas le disparó: “Si no te vas de este país ahora, estás perdido para siempre. Hay un barco que parte para Italia, no es caro, dentro de veinticinco días. Tus amigos pueden organizar un espectáculo y reunir el dinero del pasaje. Yo me voy en él”.
Ningún encuentro es casual. Con el tiempo entendemos bien que había un motivo. Las palabras de Wilcock detonaron las ganas íntimas de ese joven de veinticinco años de alejarse de la Argentina: su estadía en Buenos Aires, donde trabajó ocasionalmente como actor y modelo, y padeció la persecución policial por ser homosexual, fue la última prueba que el país no era para él. A los pocos días encontró a Wilcock en la cubierta del barco que leía plácidamente The Old Man and the Sea en una edición de la revista Esquire.
Los años en Argentina como los posteriores en Europa, primero en Italia, donde trabajó en una inmobiliaria y en la radio –un compañero celoso lo delató ante las autoridades por no tener papeles–, luego su breve estadía en la España de Franco en la que actuó como extra en algunos films, para recaer finalmente en París, se cuentan detalladamente en los tres volúmenes de su autobiografía –o autoficción, como Bianciotti prefería decir–: Ce que la nuit raconte au jour (Lo que la noche le cuenta al día), Le Pas si lent de l’amour (El paso tan lento del amor) y Comme la trace de l’oiseau dans l’air (Como la huella del pájaro en el aire).
Si en sus novelas no descubrí mayores momentos interesantes, al leer estos tres libros –traducidos con delicadeza por Ernesto Schoo–, en cambio, encontré una alianza entre la belleza que debe tener toda obra y el espíritu de dejar constancia de una experiencia. A través de la escritura, Bianciotti se confiesa y a la vez reflexiona sobre el hambre que padeció en sus primeros años en Europa, sobre los encuentros con otros autores que moldearan su vida –Borges, Angelo Rinaldi–, la miserias humanas, la voluntad por ser aquello que aspiraron sus sueños en Argentina: un artista.
La historia la escribe desde un momento de felicidad. Hacía un par de años era miembro de la Academia Francesa de Letras, distinción que pocos extranjeros han tenido. Fundada en 1635 por el cardenal Richelieu durante el reinado de Luis XIII, lo que la hace una de las instituciones más antiguas de Europa, los miembros –que se autoproclaman modestamente “inmortales”– siguen de cerca la evolución del idioma y actualizan el diccionario...
Aún instalado por completo en la vida cultural francesa, Bianciotti fue un hombre generoso con muchos jóvenes argentinos. Leopoldo Brizuela alguna vez le escribió con la esperanza de que su novela Tejiendo agua se publicara en Gallimard. El autor no pudo hacerlo, pero la recomendó a Tusquets donde sí la editaron. Otro joven, Eduardo Berti, admirador de su obra, le mandó su libro de cuentos Los pájaros y una novela inédita, Agua, que Bianciotti le dio la bienvenida con un blurb que salió en la edición argentina: “He descubierto, en mi larga vida de lector de manuscritos en editoriales, siete escritores. Eduardo Berti ha sido el séptimo”. Al poco tiempo el autor decidió mudarse a París y Bianciotti lo ayudó, algo que también había hecho en los años '70 con Alicia Dujovne Ortiz. En Francia apoyó la carrera de Jean-Baptiste Niel y Hervé Guibert, ambos muertos muy jóvenes por el SIDA.
Bianciotti falleció a los 82 años, luego de padecer durante bastante tiempo una extraña enfermedad que atacaba la memoria. Las noticias que llegaron a la Argentina señalaban la soledad y pobreza de sus últimos meses, que recordaba algunas muertes de poetas malditos en el París decimonónico. De Wikipedia ese dato fue borrado. Cada vez que viajaba a París, Berti lo visitaba. En el obituario de quien consideró un amigo generoso escribió que las enfermeras que lo cuidaban en el asilo de ancianos trataban a Bianciotti como a un príncipe venido de otro mundo. A veces le servían una copa de champagne mientras escuchaba a Maria Callas.
Vera
Perfil Héctor Bianciotti, Suburbano.net
Tuesday, March 1, 2016
“El exilio cubano es una monstruosidad”
A
Néstor Díaz de Villegas (Cumanayagua, Cuba, 1956) le gusta meter el
dedo en la llaga. Aquí “llaga” es un eufemismo de otra palabrita
velada para un periódico... Pero no hay que confundir: el escritor
no es otro polemista profesional, su discurso tiene un filoso sostén
artístico. El
estrangulador de Flagler Street,
Cuna
del pintor desconocido,
Por
el camino de Sade
–por sólo nombrar algunas–, son obras bellas y desesperadas, de
un lirismo dilatado que cita a la pintura, la filosofía, los barrios
marginales. Su nuevo libro de ensayos, Cubano,
demasiado cubano
(Bokeh), es otra prueba de su universo creativo.
Néstor
Díaz de Villegas también es un sobreviviente. Primero del
castrismo, que lo desechó cuatro años en la prisión de Ariza por
haber escrito un poema “contrarrevolucionario”.
Por último de
sí mismo. Alguna vez caminó por las calles de un Miami pretérito
junto a Reinaldo Arenas, Pedro Jesús Campos,
Guillermo
Rosales, entre otros escritores que en tierra extranjera
profundizaron un literatura rabiosa.
Cubano,
demasiado cubano.
¿Un mantra, un orgullo, una resignación, destino, elección, o
qué?
“Cubano,
demasiado cubano” se ocupa de un problema moral no muy distinto al
examinado por Nietzsche en “Humano, demasiado humano”, de ahí el
título. Un dilema, una resignación o un mantra, si prefieres usar
esos términos para describir mi libro, da lo mismo. En cuanto al
destino, Heidegger dijo que la poesía tiene capacidad de “destinar”,
de manera que también me siento responsable del destino de Cuba, de
alguna manera.
“Batista
explicado a los niños” señala que su gobierno, de hace más de
medio siglo atrás, para muchos es el punto de referencia de lo que
es la modernidad y el momento de esplendor de la sociedad cubana.
Paradójicamente, el exilio suele mirar el proyecto futuro de Cuba
como país en un pasado prehistórico. ¿Cómo saldría un pueblo de
ese conflicto?
Regresando
a ese pasado prehistórico. Para los cubanos la referencia obligada
será siempre el batistato, que es el momento en que alcanzamos el
punto que Francis Fukuyama llama “el fin de la Historia”, es
decir, un estado ideal de bienaventuranza, un límite. El batistato
fue una dictadura, pero una dictadura mucho más libre, inocente y
productiva que la actual, por lo que continúa siendo una
posibilidad. Fue el gobierno de un negro liberal mucho antes que el
de Barack Obama, entre otras cosas. El arquitecto Rafael Fornés
afirma que las llamadas “reformas” raulistas no son más que una
tímida vuelta al batistato.
En
el ensayo “Reinaldo, el Apóstol”, se lee “Cárceles, canteras,
barcos, viajes, destierros y Ofelias ahogadas en arroyos
prerrafaelistas, muertas por amor”. Parecería que también hablara
de usted.
A
veces los personajes que escojo para la crítica, sean actores,
políticos o escritores, son un pretexto para la autorreflexión. Mi
libro sería, entonces, un espejo de circo. Belkis Cuza Malé me dijo
alguna vez que yo canalizaba a José Martí, y Enrique del Risco cree
que soy la segunda venida del Apóstol, con todos sus caprichos
estilísticos y patrióticos.
Muchos
textos apuntan filosamente a ciertas “vacas sagradas” de la
literatura cubana. En un ensayo escribe: “Leonardo Padura, el
empresario cultural, tiene puestos los ojos en la industria del
cine”. ¿Es consciente de la polémica que despierta?
Mis
enemigos me acusan de panfletero, pero creo que en el fondo sienten
curiosidad por las posibilidades filosóficas de mis panfletos. Digo
que el cine ha sido siempre la manera de prostituirse para un
escritor. Tal vez el éxito editorial de Leonardo Padura es un
equívoco y su lugar debería ocuparlo un Antonio José Ponte. Pero
Ponte es un escritor complejo y las masas iberoamericanas exigen una
dosis de trivialidad narrativa que Padura produce con gran
convicción.
Uno
de los temas al que le dedica varios ensayos es a Miami, una ciudad
en la que vivió muchos años. ¿Cómo la ve hoy?
Miami
es hoy una ciudad muy distinta a la que conocí, y creo que el Miami
de mi época fue un lugar más avanzado espiritualmente, el momento
en que la Playa era un gueto jasídico lleno de hoteles decadentes y
Coconut Grove un barrio de artistas. Coral Gables fue, créalo o no,
una ciudad humana, encantadoramente mínima. Miami es asfixiante,
caótico y un poco obsoleto, su momento de esplendor pasó. El exilio
cubano es una monstruosidad y creó una ciudad monstruosa.
¿Qué
vínculos hay entre “Cubano, demasiado cubano” y su obra poética?
En
mis ensayos tiendo a abusar del lirismo, por lo que suele decirse que
escribo en prosa púrpura o manierista. Mi poesía quiso ser
romántica, o al menos modernista, siguiendo a Rubén Darío y a
López Velarde. Debe haber un punto de contacto en alguna parte.
Severo
Sarduy ha sido un referente en su literatura. Sé que en algún
momento hubo entre los dos un intercambio epistolar. ¿Puede contar
sobre esa comunicación?
Nos
cruzamos dos cartas, en francés, creo que las suyas fueron escritas
por su secretaria. Sarduy es un autor muy influyente, todavía lo leo
con asombro. Me atrae sobre todo como esteta, como sonetista barroco.
Hace años me marcó su poema Big
Bang.
Vera
Entrevista Néstor Díaz de Villegas, el Nuevo Herald
Wednesday, February 24, 2016
Paquito D'Rivera: boleros en un noche de jazz
“El
bolero es parte de mi vida. Y también es una forma de vivir”,
afirma Paquito D'Rivera para el Nuevo Herald. “Siempre me llamó la
atención, ya que es un género que me ha dado espacio para
improvisar”.
El mítico compositor y saxofonista cubano, ganador de catorce Grammy
Awards, integrante alguna vez de la banda de Dizzy Gillespie, se
presenta en la ciudad de Miami con un show que rinde tributo a un
género que, aunque anclado en el Caribe, se ha ganado el corazón de
los oyentes alrededor del mundo.
“Gabriel
García Márquez decía que él admiraba más a un músico de bolero
que a un novelista. El escritor necesita trescientas páginas para
definir una situación, desarrollarla y llegar a algo interesante,
pero los grandes boleristas sólo necesitan un par compases”,
afirma el artista que nació un 4 de junio de 1948 en La Habana y ha
grabado más de treinta discos.
A
pesar del tiempo que siempre corre veloz y el avance de la
tecnología, que desarrolla nuevas formas de comunicarse entre la
gente, el bolero nunca pasa de moda, es un género que une a muchas
generaciones. Por eso, en el show del sábado en el Adrienne Arsht
Center junto con el enorme Paquito D'Rivera se presenta la artista
Lucrecia, sin duda, una de las nuevas voces referentes de la música
cubana en el Siglo XXI.
“Ella
es una artista muy alegre. Y a mí ese tipo de gente con sentido del
humor me gusta muchísimo”,
dice con admiración el músico de jazz latino. “Además, el primer
instrumento que tuvo Lucrecia antes de la voz fue el piano. Es decir
que es una persona que sabe muy bien armónicamente lo que debe
hacerse. Tiene un gran conocimiento de la música. Eso para un
artista es algo muy importante”.
Así,
entonces, con un show denominado simplemente “Bolero”,
estos artistas ofrecerán un repertorio ilustre, con las canciones
compuestas por los más renombrados exponentes del género, como
Rafael Hernández, Agustín Lara, Ernesto Lecuona y Rolando Laserie.
“En
este espectáculo tenemos pensado en algún momento con Lucrecia
hacerle un homenaje a quien cantó el bolero de manera completamente
distinta: Rolando
Laserie.
Fue un cantante de tangos que luego hizo boleros. Casi no se habla
de él de la manera que se debería hacer. Es una persona muy
importante”,
informa Paquito, para completar que también incluirá en el
repertorio canciones de su más reciente álbum, Paquito
D'Rivera plays the music of Armando Manzanero
(2015). El disco se grabó en la ciudad de New York y incluye
clásicos del compositor mexicano como “Esta
tarde vi llover”, “Somos
novios” y “Te
extraño”.
Como
tantos otros artistas que en el exilio se descubren latinoamericanos,
Paquito confiesa que aprendió a querer mucho más la música cubana
fuera de su patria. “En Cuba sólo quería escuchar música
americana. Yo pienso que era una forma de rechazo al nacionalismo
enfermizo que crean los sistemas totalitarios. Entendí aquella
frase de Lidia Cabrera: "yo descubrí Cuba a orillas del Sena".
En mi caso, la descubrí
a orillas del río Hudson”.
Paquito
D'Rivera abandonó la isla en mayo del 1980 y nunca más regresó.
Sobre los cambios políticos entre Estados Unidos y Cuba, el artista
opina: “¿Cómo
se va arreglar el país con la gente que lo destruyó? Para mí esto
es como encargarle la reconstrucción de Europa a Adolfo Hitler. Hay
que llamar a elecciones. Más de medio siglo haciendo lo incorrecto,
¿cómo ahora le van a dar la oportunidad a esa gente que ya tiene
como 90 años? A mi todo esto no me entusiasma. Ha pasado un año
y como dice el bolero, el cuartito está igualito”.
Vera
Entrevista Paquito D'Rivera, el Nuevo Herald
Thursday, February 11, 2016
Jonathan Coe, escribe sobre secretos de mujeres
Jonathan Coe (Birmingham, 1961) renunció con elegancia a la corona de la fama
y la publicidad literaria que sí aceptaron Martin Amis, Salman
Rushdie y Julian Barnes, una generación de autores ingleses de
reconocimiento planetario. La renuncia, es claro destacar, no ha
lastimado el prestigio de verdadero artesano de la novela que es Coe,
al contrario, se podría afirmar que el estar en la línea de sombra
le ha sentado demasiado bien, con novelas cargadas de helada ironía
como ¡Menudo
reparto! (Premio
John Llewellyn Rhys) y La
casa del sueño
(Premio Writer’s Guild Best Fiction y, en Francia, el Médicis
Extranjero).
La
lluvia antes de caer
(Anagrama) no tiene el humor ni la maldad de sus trabajos anteriores,
aquí el eje de estos atributos se corre a una historia íntima, de
madres e hijas que cubre un arco de medio siglo que incluye la
Segunda Guerra Mundial, la ciudades de Londres y Toronto y el sur de
la campiña francesa de años recientes.
La
anciana Rosamond, protagonista de esta delicada novela, fallece en la
más completa soledad. “En el cementerio se extendía un césped de
un verde más claro (roto solamente en algunos sitios por
afloramientos de piedras cubiertas de musgo y de líquenes), donde
las lápidas se alzaban discretamente o sobresalían a veces en
ángulos curiosos, dejadas de la mano de Dios”, reflexiona el
narrador omnisciente de la primera parte de La
lluvia antes de caer.
“Detrás de ellas, en aquella débil luz otoñal, se elevaba la
torre de la Iglesia de Todos los Santos, de un color castaño rojizo,
achaparrada, atemporal, con las agujas doradas de la esfera de su
reloj, paradójicamente relucientes y bruñidas, marcando casi las
once. Las paredes de ladrillo eran irregulares y desiguales, como el
típico enlosado de las iglesias. Y había grajos anidando en las
torres del tejado”.
Rosamond
fallece en la más completa soledad, decíamos, lo que significa que
poco y nada sabe su sobrina nieta Gill de la septuagenaria, salvo que
para su sorpresa, ha dejado como herencia varios cassettes donde con
su propia voz describe veinte fotografías tomadas a lo largo de toda
una vida.
Las
fotografías, en verdad, tienen una única destinataria: Imogen, una
joven ciega. En caso de que Gill no logré hallarla, puede escuchar
las cintas. Rosamond –Jonathan Coe– tiene la astucia del narrador
clásico que muestra un poco y lo demás lo sugiere, como un juego de
sombras chinas. A modo de un arcón que se abre a una avenida
poblada de fantasmas y secretos, esos cassettes contienen la voz de
una mujer sabia que describe un mundo pretérito, distante del
obsceno ruido del siglo XXI.
Coe
es un maestro generoso de los climas y el color, cada palabra es
puesta como si fuera una delicada piedra en un rosario de detalles
preciosos. La herencia de una familia, recuerda el autor inglés, no
es el lazo sanguíneo ni el dinero sino las historias que nos
representan. La
lluvia antes de caer
es una novela que posee una intimidad que se asemeja a disfrutar un
buen libro con una taza de té mientras el cielo presagia la lluvia
inevitable.
Vera
Review
La lluvia antes de caer, Jonathan Coe, El Nuevo Herald
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