Friday, May 20, 2016

Arturo Pérez Reverte: "Vienen tiempos difíciles"




El sábado a la tarde llovía, lo que en Miami es suficiente para que la gente prefiera quedarse en la comodidad de su casa y ver una serie de televisión. Sin embargo la librería Books and Books de Coral Gables estaba repleta de lectores. ¿Motivo? El escritor y periodista español Arturo Pérez-Reverte, un best seller dentro y fuera de su país, presentaba What We Become (Atria Books), la versión en inglés de El tango de la Guardia Vieja (Penguin Random House).

La novela, que es la décimocuarta del autor, tiene como protagonistas a Max Costa y Mecha Inzunza –él un ladrón y bailarín de tango; ella una dama hermosa y de la alta sociedad–, que a lo largo de 40 años del convulsionado siglo XX viven una historia de amor tan pasional como trágica. Como fondo de esta historia que no olvida la aventura, un elemento que siempre acompaña la narrativa del español, aparecen el tango, las ciudades de Buenos Aires y Niza, la Guerra Civil Española y los años de la Guerra fría.

Pérez-Reverte es conocido por el público más joven como el autor de la saga Las aventuras del capitán Alatriste, un verdadero éxito de ventas. Novelas como El maestro de esgrima, La tabla de Flandes y El club Dumas fueron llevadas al cine. Es miembro de la Real Academia Española y ejerció como reportero de guerra durante 21 años.


¿Tardó más de 20 años en escribir esta novela?

Hay novela rápidas y novelas cortas. Y ésta fue larga. La empecé a escribir hace más de veinte años y a las pocas páginas me di cuenta que no estaba funcionando, y la dejé dormir. Entendí que era demasiado pronto para esta novela: necesitaba más vida, más edad, más experiencias, más canas en la barba y arrugas en la cara. Llegó ese momento y la escribí.

El tango de la Guardia Vieja tiene un cierto clima de film noir. ¿Quiso darle algo de ese espíritu a la novela?

No exactamente. La historia habla sobre una Europa que ya no existe. Una Europa que poco a poco fue desapareciendo. Esa Europa yo la recuerdo en blanco y negro. No son deliberados estos recuerdos, ni mi sensación ni mi infancia, lo que me contaba mi abuelo ni las fotografías en casa de mis padres. Las fotos de bodas de ellos. Mi madre era una mujer muy elegante, bailaba muy bien. Todo eso lo recuerdo en blanco y negro. A la hora de recrear la historia no he podido evitar que ese blanco y negro esté presente de una manera estética en toda la novela.

La historia está situada en diferentes ciudades y también hay hechos históricos. ¿Se documentó?

Hay escritores cazadores y escritores recolectores. El recolector es aquel que está en un territorio del que no se mueve más que con la imaginación; el cazador es aquel que sale fuera a la vida a moverse, que va cazando: viaja, ve, vive. Yo soy ese tipo de escritor. Fue reportero muchos años y pasé la vida afuera. Para mis novelas yo viajo a esos lugares, me documento, hablo con la gente. Saco fotografías, tomo notas, leo libros, voy a los hoteles. Cada lugar que sale en mis novelas yo he estado en él. Esa parte de realidad es la que llevo siempre a las novelas.

En El tango de la Guardia Vieja hay una historia de amor muy fuerte. ¿Cómo se hace para trabajar ese sentimiento y no caer en lo cursi?

Es que yo no soy cursi. No podría caer en lo cursi. Solamente un escritor cursi cae en lo cursi, pero la vida que yo llevé fue muy ruda en una época muy dura en mis veinte años de reportero. He vivido, he leído, y tengo una biografía compleja, pero no hay nada cursi en esa biografía. Incluso mis recuerdos de amor en mi vida no son nada cursis. El amor solamente es cursi cuando quienes lo practican son cursis. Pero cuando son personas con una biografía diferente el amor corresponde con la vida del que lo siente. Aparte soy un escritor profesional, sé evitar los peligros, o lo intento. No es una novela sentimental. El amor tiene una parte importante, pero no es una novela de amor. Es una de aventuras.

El protagonista es bailarín de tango. ¿Usted sabe bailarlo?

Sí. Y mi padre nació en una época en la que era fundamental saber bailar tango para conocer chicas guapas. De hecho conoció a mi madre en un baile de tango. El tango ha estado siempre en mi familia como una especie de mito, de referencia, de broma familiar. El tango como parte de la vida. El tango como único acto sexual que puede hacerse vestido y de pie. Eso ha estado muy presente en mi vida desde niño. Escuchaba cantar tango a mi padre cuando era joven, lo vi bailar tango. Mi padre era un hombre muy elegante al que utilizo como modelo para el protagonista de la novela. Me ha sido entonces muy fácil utilizar el tango como elemento en la historia.

La última novela del capitán Alatriste es “El puente de los asesinos” (2011). ¿Hay proyectos para que regrese?

Alatriste es un compañero al que le tengo mucho afecto. Me ha ayudado a explicar y entender muchas cosas de España y lo hispano, eso incluye a América. Lo que pasa es que ya hay siete novelas. Voy a seguir, pero decidí dejarlo descansar un poco, hacer otras cosas y luego volver. Ha llegado a ser un personaje tan familiar para los lectores que ellos ya me exigen cosas de Alatriste que soy incapaz de dar. Por eso me siento muy responsable de él.

¿Le gustó la adaptación televisiva de La reina del sur?

Me gustó. Era una novela pura para adaptar al público de telenovelas. Ahora se está haciendo una segunda versión en inglés. Estoy muy contento con esa historia porque es un trabajo que trascendió la novela. Y ahora la gente cree que existió de verdad. Uno va a México y hablan de Teresa Mendoza como si hubiera existido. Los narcos la leen. El Chapo Guzmán estaba viéndola cuando lo detuvieron.

Con respecto al tema del narcotráfico, ¿cree que una de las soluciones sería la legalización de las drogas?

Es más complejo. Me inclino por la legalización, pero una controlada. Es decir, no libertad de narcotráfico y de narcóticos. Hay drogas muy peligrosas, hay partes del narcotráfico que son peligrosas y otras que no lo son tanto. Habría que negociar una solución satisfactoria. Sin duda, una mayor dosis de realidad a la hora de legislar sobre el narcotráfico permitiría eliminar algunos elementos muy críticos y muy peligrosos del negocio de las drogas.

¿A veces no tiene ganas de volver al frente de batalla?

No, es un trabajo para jóvenes. Ahora tengo 64 años y ya la vida que llevé me pasa factura. Pero cuando era joven fui muy feliz como reportero porque viví en muchos países, en muchas guerras, muchas aventuras. Y sobre todo, mi trabajo me dio una mirada, una forma de mirar el mundo. Una experiencia vital, esa biografía con la que ahora escribo novelas. Soy lo que soy ahora porque fui lo que fui de joven. Fue una vida intensa que recuerdo con mucho afecto pero ya no tengo ni edad, ni salud ni ánimo para vivir esa vida tan dura.

¿Es optimista con la situación en España?

Soy pesimista con respecto a Europa no sólo con España. Creo que hay un modelo de Europa, como referente moral del mundo, de Derechos Humanos y de libertades, esa Europa moderna y que iluminó el mundo incluido a América, hoy esa Europa está en decadencia. Vienen tiempos oscuros. Ya ha pasado la etapa. Es un continente viejo, con pocas posibilidades de ser lo que fue y creo que la fuerza está en otros lugares. Europa es un museo de la libertad y el derecho humano, de los derechos del hombre. Está quedando cada vez más atrás en el tiempo. Es un momento triste. En Europa están apagando la luz.

                                           Vera

           

            Entrevista Arturo Pérez Reverte, El Nuevo Herald


    

         

Saturday, March 5, 2016

Bianciotti, el cordobés de París



Hace poco leía un artículo de Patricio Pron sobre esa costumbre enraizada en la cultura argentina de expulsar autores hacia otros países donde continúan su obra, muchas veces en otro idioma –por lo general en francés. El escritor de La vida interior de las plantas de interior enumeraba algunos artistas como Juan Rodolfo Wilcock, Copi, María Cecilia Barbetta y Héctor Bianciotti. Sobre el autor nacido en Córdoba en 1930 y fallecido en París en el 2012, agregaba “se piense de este último lo que se piense”. Esa frase hizo ruido en mi cabeza. ¿Qué es lo que se piensa de Bianciotti? ¿Qué es lo que yo pienso de este autor que tras vivir más de veinte años en Francia decidió, luego recibir la ciudadanía de ese país, escribir sólo en francés?

Héctor Bianciotti es una figura incómoda en la literatura argentina, y me atrevería a extender esa sensación hacia la latinoamericana. Salvo el librito de poemas Salmo en las calles, el resto de su obra la publicó primero en el extranjero. Bianciotti escribía en un español afectado, con la pesada (y temeraria) influencia de Marcel Proust. Hay máximas y análisis minuciosos de los sentimientos, una voluntad por practicar la novela psicológica. Algunas de sus historias pasan en mansiones europeas o norteamericanas, como en la pampa argentina. Poco en su literatura tiene un color local que se pueda adherir a los autores del Boom. No hay ideología de izquierda. Es un escritor solitario que desde París construyó una obra mientras se metía en el círculo influyente del aparato cultural francés, en trabajos como lector para la editorial Gallimard y crítico literario en las revistas La Quinzaine Littéraire, Le Nouvel Observateur y el periódico Le Monde.

En los años de ebullición editorial que dio el Boom y la onda expansiva que llegó a los '70 arrastrando a autores menores, Bianciotti ganó el premio Médicis a la novela extranjera por La busca del jardín, pero ese hecho tampoco consiguió colocarlo en el radar de las publicaciones ni universidades de América Latina. Con su primera novela escrita en francés, Sans la miséricorde du Christ (Sin la misericordia de Cristo), consiguió el Premio Femina 1985.

Hay algo que siempre molestó de Bianciotti en los círculos literarios argentinos. En cada oportunidad que tuvo, no dudó en declarar el carácter provinciano de la literatura del Río de la Plata. Salvo Borges, Silvina Ocampo, Silvia Baron Supervielle, Juan Rodolfo Wilcock y uno que otro autor, Argentina estaba enclavada en la barbarie y en una historia breve y violenta. Para el escritor cordobés, Europa y más puntualmente Francia, era el sinónimo de la civilización. Sus abuelos piamonteses habían emigrado a “la América” por un futuro menos difícil, pero una vez instalados en la pampa argentina, sólo habían cosechado una vida minúscula, que se mimetizó con la chatura del paraje salvaje. Con su viaje a Europa, Bianciotti encausaba ese destino que había ido en un momento en zig zag. Bianciotti regresaba a casa.

Una tarde de 1955 en Plaza San Martín, de la ciudad de Buenos Aires, el escritor se topó con Wilcock –otro que en su nueva vida en Italia abandonaría definitivamente el español por la lengua de su país adoptivo. Al verlo, el autor de La sinagoga de los iconoclastas le disparó: “Si no te vas de este país ahora, estás perdido para siempre. Hay un barco que parte para Italia, no es caro, dentro de veinticinco días. Tus amigos pueden organizar un espectáculo y reunir el dinero del pasaje. Yo me voy en él”.

Ningún encuentro es casual. Con el tiempo entendemos bien que había un motivo. Las palabras de Wilcock detonaron las ganas íntimas de ese joven de veinticinco años de alejarse de la Argentina: su estadía en Buenos Aires, donde trabajó ocasionalmente como actor y modelo, y padeció la persecución policial por ser homosexual, fue la última prueba que el país no era para él. A los pocos días encontró a Wilcock en la cubierta del barco que leía plácidamente The Old Man and the Sea en una edición de la revista Esquire.

Los años en Argentina como los posteriores en Europa, primero en Italia, donde trabajó en una inmobiliaria y en la radio –un compañero celoso lo delató ante las autoridades por no tener papeles–, luego su breve estadía en la España de Franco en la que actuó como extra en algunos films, para recaer finalmente en París, se cuentan detalladamente en los tres volúmenes de su autobiografía –o autoficción, como Bianciotti prefería decir–: Ce que la nuit raconte au jour (Lo que la noche le cuenta al día), Le Pas si lent de l’amour (El paso tan lento del amor) y Comme la trace de l’oiseau dans l’air (Como la huella del pájaro en el aire).

Si en sus novelas no descubrí mayores momentos interesantes, al leer estos tres libros –traducidos con delicadeza por Ernesto Schoo–, en cambio, encontré una alianza entre la belleza que debe tener toda obra y el espíritu de dejar constancia de una experiencia. A través de la escritura, Bianciotti se confiesa y a la vez reflexiona sobre el hambre que padeció en sus primeros años en Europa, sobre los encuentros con otros autores que moldearan su vida –Borges, Angelo Rinaldi–, la miserias humanas, la voluntad por ser aquello que aspiraron sus sueños en Argentina: un artista.

La historia la escribe desde un momento de felicidad. Hacía un par de años era miembro de la Academia Francesa de Letras, distinción que pocos extranjeros han tenido. Fundada en 1635 por el cardenal Richelieu durante el reinado de Luis XIII, lo que la hace una de las instituciones más antiguas de Europa, los miembros –que se autoproclaman modestamente “inmortales”– siguen de cerca la evolución del idioma y actualizan el diccionario...

Aún instalado por completo en la vida cultural francesa, Bianciotti fue un hombre generoso con muchos jóvenes argentinos. Leopoldo Brizuela alguna vez le escribió con la esperanza de que su novela Tejiendo agua se publicara en Gallimard. El autor no pudo hacerlo, pero la recomendó a Tusquets donde sí la editaron. Otro joven, Eduardo Berti, admirador de su obra, le mandó su libro de cuentos Los pájaros y una novela inédita, Agua, que Bianciotti le dio la bienvenida con un blurb que salió en la edición argentina: “He descubierto, en mi larga vida de lector de manuscritos en editoriales, siete escritores. Eduardo Berti ha sido el séptimo”. Al poco tiempo el autor decidió mudarse a París y Bianciotti lo ayudó, algo que también había hecho en los años '70 con Alicia Dujovne Ortiz. En Francia apoyó la carrera de Jean-Baptiste Niel y Hervé Guibert, ambos muertos muy jóvenes por el SIDA.

Bianciotti falleció a los 82 años, luego de padecer durante bastante tiempo una extraña enfermedad que atacaba la memoria. Las noticias que llegaron a la Argentina señalaban la soledad y pobreza de sus últimos meses, que recordaba algunas muertes de poetas malditos en el París decimonónico. De Wikipedia ese dato fue borrado. Cada vez que viajaba a París, Berti lo visitaba. En el obituario de quien consideró un amigo generoso escribió que las enfermeras que lo cuidaban en el asilo de ancianos trataban a Bianciotti como a un príncipe venido de otro mundo. A veces le servían una copa de champagne mientras escuchaba a Maria Callas.

                                                                                                                          
                                                                                                                  Vera


Perfil Héctor Bianciotti, Suburbano.net

Tuesday, March 1, 2016

“El exilio cubano es una monstruosidad”



A Néstor Díaz de Villegas (Cumanayagua, Cuba, 1956) le gusta meter el dedo en la llaga. Aquí “llaga” es un eufemismo de otra palabrita velada para un periódico... Pero no hay que confundir: el escritor no es otro polemista profesional, su discurso tiene un filoso sostén artístico. El estrangulador de Flagler Street, Cuna del pintor desconocido, Por el camino de Sade –por sólo nombrar algunas–, son obras bellas y desesperadas, de un lirismo dilatado que cita a la pintura, la filosofía, los barrios marginales. Su nuevo libro de ensayos, Cubano, demasiado cubano (Bokeh), es otra prueba de su universo creativo.

Néstor Díaz de Villegas también es un sobreviviente. Primero del castrismo, que lo desechó cuatro años en la prisión de Ariza por haber escrito un poema “contrarrevolucionario”. Por último de sí mismo. Alguna vez caminó por las calles de un Miami pretérito junto a Reinaldo Arenas, Pedro Jesús Campos, Guillermo Rosales, entre otros escritores que en tierra extranjera profundizaron un literatura rabiosa.


Cubano, demasiado cubano. ¿Un mantra, un orgullo, una resignación, destino, elección, o qué?

“Cubano, demasiado cubano” se ocupa de un problema moral no muy distinto al examinado por Nietzsche en “Humano, demasiado humano”, de ahí el título. Un dilema, una resignación o un mantra, si prefieres usar esos términos para describir mi libro, da lo mismo. En cuanto al destino, Heidegger dijo que la poesía tiene capacidad de “destinar”, de manera que también me siento responsable del destino de Cuba, de alguna manera.

“Batista explicado a los niños” señala que su gobierno, de hace más de medio siglo atrás, para muchos es el punto de referencia de lo que es la modernidad y el momento de esplendor de la sociedad cubana. Paradójicamente, el exilio suele mirar el proyecto futuro de Cuba como país en un pasado prehistórico. ¿Cómo saldría un pueblo de ese conflicto?

Regresando a ese pasado prehistórico. Para los cubanos la referencia obligada será siempre el batistato, que es el momento en que alcanzamos el punto que Francis Fukuyama llama “el fin de la Historia”, es decir, un estado ideal de bienaventuranza, un límite. El batistato fue una dictadura, pero una dictadura mucho más libre, inocente y productiva que la actual, por lo que continúa siendo una posibilidad. Fue el gobierno de un negro liberal mucho antes que el de Barack Obama, entre otras cosas. El arquitecto Rafael Fornés afirma que las llamadas “reformas” raulistas no son más que una tímida vuelta al batistato.


En el ensayo “Reinaldo, el Apóstol”, se lee “Cárceles, canteras, barcos, viajes, destierros y Ofelias ahogadas en arroyos prerrafaelistas, muertas por amor”. Parecería que también hablara de usted.

A veces los personajes que escojo para la crítica, sean actores, políticos o escritores, son un pretexto para la autorreflexión. Mi libro sería, entonces, un espejo de circo. Belkis Cuza Malé me dijo alguna vez que yo canalizaba a José Martí, y Enrique del Risco cree que soy la segunda venida del Apóstol, con todos sus caprichos estilísticos y patrióticos.

Muchos textos apuntan filosamente a ciertas “vacas sagradas” de la literatura cubana. En un ensayo escribe: “Leonardo Padura, el empresario cultural, tiene puestos los ojos en la industria del cine”. ¿Es consciente de la polémica que despierta?

Mis enemigos me acusan de panfletero, pero creo que en el fondo sienten curiosidad por las posibilidades filosóficas de mis panfletos. Digo que el cine ha sido siempre la manera de prostituirse para un escritor. Tal vez el éxito editorial de Leonardo Padura es un equívoco y su lugar debería ocuparlo un Antonio José Ponte. Pero Ponte es un escritor complejo y las masas iberoamericanas exigen una dosis de trivialidad narrativa que Padura produce con gran convicción.

Uno de los temas al que le dedica varios ensayos es a Miami, una ciudad en la que vivió muchos años. ¿Cómo la ve hoy?

Miami es hoy una ciudad muy distinta a la que conocí, y creo que el Miami de mi época fue un lugar más avanzado espiritualmente, el momento en que la Playa era un gueto jasídico lleno de hoteles decadentes y Coconut Grove un barrio de artistas. Coral Gables fue, créalo o no, una ciudad humana, encantadoramente mínima. Miami es asfixiante, caótico y un poco obsoleto, su momento de esplendor pasó. El exilio cubano es una monstruosidad y creó una ciudad monstruosa.

¿Qué vínculos hay entre “Cubano, demasiado cubano” y su obra poética?

En mis ensayos tiendo a abusar del lirismo, por lo que suele decirse que escribo en prosa púrpura o manierista. Mi poesía quiso ser romántica, o al menos modernista, siguiendo a Rubén Darío y a López Velarde. Debe haber un punto de contacto en alguna parte.

Severo Sarduy ha sido un referente en su literatura. Sé que en algún momento hubo entre los dos un intercambio epistolar. ¿Puede contar sobre esa comunicación?

Nos cruzamos dos cartas, en francés, creo que las suyas fueron escritas por su secretaria. Sarduy es un autor muy influyente, todavía lo leo con asombro. Me atrae sobre todo como esteta, como sonetista barroco. Hace años me marcó su poema Big Bang.


                                                                      Vera




Entrevista Néstor Díaz de Villegas, el Nuevo Herald

Wednesday, February 24, 2016

Paquito D'Rivera: boleros en un noche de jazz



“El bolero es parte de mi vida. Y también es una forma de vivir”, afirma Paquito D'Rivera para el Nuevo Herald. “Siempre me llamó la atención, ya que es un género que me ha dado espacio para improvisar”. El mítico compositor y saxofonista cubano, ganador de catorce Grammy Awards, integrante alguna vez de la banda de Dizzy Gillespie, se presenta en la ciudad de Miami con un show que rinde tributo a un género que, aunque anclado en el Caribe, se ha ganado el corazón de los oyentes alrededor del mundo.

“Gabriel García Márquez decía que él admiraba más a un músico de bolero que a un novelista. El escritor necesita trescientas páginas para definir una situación, desarrollarla y llegar a algo interesante, pero los grandes boleristas sólo necesitan un par compases”, afirma el artista que nació un 4 de junio de 1948 en La Habana y ha grabado más de treinta discos.

A pesar del tiempo que siempre corre veloz y el avance de la tecnología, que desarrolla nuevas formas de comunicarse entre la gente, el bolero nunca pasa de moda, es un género que une a muchas generaciones. Por eso, en el show del sábado en el Adrienne Arsht Center junto con el enorme Paquito D'Rivera se presenta la artista Lucrecia, sin duda, una de las nuevas voces referentes de la música cubana en el Siglo XXI.

“Ella es una artista muy alegre. Y a mí ese tipo de gente con sentido del humor me gusta muchísimo”, dice con admiración el músico de jazz latino. “Además, el primer instrumento que tuvo Lucrecia antes de la voz fue el piano. Es decir que es una persona que sabe muy bien armónicamente lo que debe hacerse. Tiene un gran conocimiento de la música. Eso para un artista es algo muy importante”.

Así, entonces, con un show denominado simplemente “Bolero”, estos artistas ofrecerán un repertorio ilustre, con las canciones compuestas por los más renombrados exponentes del género, como Rafael Hernández, Agustín Lara, Ernesto Lecuona y Rolando Laserie.

“En este espectáculo tenemos pensado en algún momento con Lucrecia hacerle un homenaje a quien cantó el bolero de manera completamente distinta: Rolando Laserie. Fue un cantante de tangos que luego hizo boleros. Casi no se habla de él de la manera que se debería hacer. Es una persona muy importante”, informa Paquito, para completar que también incluirá en el repertorio canciones de su más reciente álbum, Paquito D'Rivera plays the music of Armando Manzanero (2015). El disco se grabó en la ciudad de New York y incluye clásicos del compositor mexicano como “Esta tarde vi llover”, “Somos novios” y “Te extraño”.

Como tantos otros artistas que en el exilio se descubren latinoamericanos, Paquito confiesa que aprendió a querer mucho más la música cubana fuera de su patria. “En Cuba sólo quería escuchar música americana. Yo pienso que era una forma de rechazo al nacionalismo enfermizo que crean los sistemas totalitarios. Entendí aquella frase de Lidia Cabrera: "yo descubrí Cuba a orillas del Sena". En mi caso, la descubrí a orillas del río Hudson”.

Paquito D'Rivera abandonó la isla en mayo del 1980 y nunca más regresó. Sobre los cambios políticos entre Estados Unidos y Cuba, el artista opina: “¿Cómo se va arreglar el país con la gente que lo destruyó? Para mí esto es como encargarle la reconstrucción de Europa a Adolfo Hitler. Hay que llamar a elecciones. Más de medio siglo haciendo lo incorrecto, ¿cómo ahora le van a dar la oportunidad a esa gente que ya tiene como 90 años? A mi todo esto no me entusiasma. Ha pasado un año y como dice el bolero, el cuartito está igualito”.

                                                                                         Vera


Entrevista Paquito D'Rivera, el Nuevo Herald


Thursday, February 11, 2016

Jonathan Coe, escribe sobre secretos de mujeres



Jonathan Coe (Birmingham, 1961) renunció con elegancia a la corona de la fama y la publicidad literaria que sí aceptaron Martin Amis, Salman Rushdie y Julian Barnes, una generación de autores ingleses de reconocimiento planetario. La renuncia, es claro destacar, no ha lastimado el prestigio de verdadero artesano de la novela que es Coe, al contrario, se podría afirmar que el estar en la línea de sombra le ha sentado demasiado bien, con novelas cargadas de helada ironía como ¡Menudo reparto! (Premio John Llewellyn Rhys) y La casa del sueño (Premio Writer’s Guild Best Fiction y, en Francia, el Médicis Extranjero).

La lluvia antes de caer (Anagrama) no tiene el humor ni la maldad de sus trabajos anteriores, aquí el eje de estos atributos se corre a una historia íntima, de madres e hijas que cubre un arco de medio siglo que incluye la Segunda Guerra Mundial, la ciudades de Londres y Toronto y el sur de la campiña francesa de años recientes.

La anciana Rosamond, protagonista de esta delicada novela, fallece en la más completa soledad. “En el cementerio se extendía un césped de un verde más claro (roto solamente en algunos sitios por afloramientos de piedras cubiertas de musgo y de líquenes), donde las lápidas se alzaban discretamente o sobresalían a veces en ángulos curiosos, dejadas de la mano de Dios”, reflexiona el narrador omnisciente de la primera parte de La lluvia antes de caer. “Detrás de ellas, en aquella débil luz otoñal, se elevaba la torre de la Iglesia de Todos los Santos, de un color castaño rojizo, achaparrada, atemporal, con las agujas doradas de la esfera de su reloj, paradójicamente relucientes y bruñidas, marcando casi las once. Las paredes de ladrillo eran irregulares y desiguales, como el típico enlosado de las iglesias. Y había grajos anidando en las torres del tejado”.

Rosamond fallece en la más completa soledad, decíamos, lo que significa que poco y nada sabe su sobrina nieta Gill de la septuagenaria, salvo que para su sorpresa, ha dejado como herencia varios cassettes donde con su propia voz describe veinte fotografías tomadas a lo largo de toda una vida.

Las fotografías, en verdad, tienen una única destinataria: Imogen, una joven ciega. En caso de que Gill no logré hallarla, puede escuchar las cintas. Rosamond –Jonathan Coe– tiene la astucia del narrador clásico que muestra un poco y lo demás lo sugiere, como un juego de sombras chinas. A modo de un arcón que se abre a una avenida poblada de fantasmas y secretos, esos cassettes contienen la voz de una mujer sabia que describe un mundo pretérito, distante del obsceno ruido del siglo XXI.

Coe es un maestro generoso de los climas y el color, cada palabra es puesta como si fuera una delicada piedra en un rosario de detalles preciosos. La herencia de una familia, recuerda el autor inglés, no es el lazo sanguíneo ni el dinero sino las historias que nos representan. La lluvia antes de caer es una novela que posee una intimidad que se asemeja a disfrutar un buen libro con una taza de té mientras el cielo presagia la lluvia inevitable.

                                                                                                                                                                                 Vera



Review La lluvia antes de caer, Jonathan Coe, El Nuevo Herald