Monday, September 8, 2014

Enrique Del Risco: el hombre que será presidente





Hacia 1920 el escritor argentino Macedonio Fernández, maestro literario de Jorge Luis Borges, ideó un curioso plan: llegar a ser presidente de su país. Para perfeccionar su propósito, el autor se reunía con un grupo de jóvenes en la Confitería del Molino, frente al Congreso de la Nación. “Macedonio explicaba que muchas personas se proponen abrir una cigarrería y casi nadie ser presidente; de ese rasgo estadístico deducía que es más fácil llegar a ser presidente que a dueño de una cigarrería”, recordó Borges, uno de los asistentes de aquellas míticas tertulias.

Desde el intento del argentino varios escritores han emprendido la temeraria  carrera de llegar al máximo cargo político de un país, como el Premio Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa que perdió ante un ignoto Alberto Fujimori en las elecciones de 1990, o Sergio Ramírez que junto a Daniel Ortega llegó al poder en Nicaragua en 1984. Este jueves en Coral Gables se lanza otra candidatura, y les toca a los ciudadanos cubanos decidir.

El escritor Enrique Del Risco (La Habana, 1967) presenta Enrisco para presidente, un libro que plasma su plataforma política para llegar al gobierno de la Isla en el 2018, para instaurar, como él señala, “el socialismo del siglo XXII”.

“Si quieren saber en qué consistirá el socialismo del siglo XXII les diré en palabras sencillas —aunque en realidad consiste en un plan más elaborado recogido en mi Proyecto Trespatines— que su objetivo es convertirme en presidente vitalicio y, al mismo tiempo, en el principal propietario del país, mientras acabo con lo que queda de él. O sea, que el socialismo del siglo XXII significa —además de que sé contar en números romanos— más o menos lo mismo que el socialismo del siglo XXI o el comunismo del XX, pero mucho más sincero. Prometo que todos terminarán haciendo cola por cualquier cosa y que el papel sanitario seguirá siendo un artículo de lujo, pero por el camino nos divertiremos muchísimo enfrentando al imperialismo norteamericano y a sus aliados locales”, escribe en el prólogo el candidato a la presidencia de Cuba.

Es inevitable aclarar que el candidato Enrisco es una suerte de otro yo alucinado del escritor Del Risco, por eso el autor se disculpa ante el Nuevo Herald a poco de empezar el reportaje. “Enrisco no quiso venir a hacer la entrevista así que seré yo, Enrique Del Risco, quien se hará cargo”.

Así entonces, sin malentendidos, el escritor habla del origen de la obra. “Tuvimos la idea de hacer este libro hace años, luego de la publicación de El Comandante ya tiene quien le escriba en el 2003 con la desaparecida Ediciones Universal. Un libro que recogiera lo mejor de los textos esencialmente humorísticos que Enrisco ha publicado a lo largo de los años en diferentes publicaciones, algunas de las cuales ya han desaparecido. Ya desde entonces el título lo tenía claro: “Enrisco para presidente”.

“Luego con los años siguieron acumulándose textos”, agrega el autor que también es profesor y trabaja en el Departamento de Español y Portugués de la Universidad de New York. “Ello conllevó un proceso arduo de selección en el que hubo que reducir unas seiscientas páginas de textos más o menos a la mitad. Luego hubo que crear una estructura en la que artículos escritos en diferentes épocas encontraran un nuevo sentido que es –y ahora es que me doy cuenta- el de explicar lo que ha pasado en los últimos años en Cuba  no inducir al lector a cortarse las venas sino a, después de todo, seguir encontrando motivos para reír. El libro incluye también un prólogo y un glosario explicativo escritos ex profeso para el libro y que al compañero Enrisco –debo reconocerlo- no le han quedado nada mal”.

El nuevo libro de Enrique Del Risco se publica por Sudaquia Editores, un dato que no es menor para el autor. “En muy poco tiempo se ha convertido en la principal referencia editorial en español en una ciudad como Nueva York y eso no es poca cosa. Haber participado en sus inicios con Siempre nos quedará Madrid (libro de lectura obligatoria en el gabinete, escuela y asilos de ancianos en mi Cuba del futuro) es una satisfacción para mí”.

En Enrisco para presidente se señala todo el tiempo la lógica de pesadilla que vive la Isla. Sin embargo,  en ningún momento se lo nombra a Fidel Castro. Es como un fantasma: todos hablan de él, pero nadie lo ve.  En el libro, el autor le dice, entre otros adjetivos,  “El Comandante”.

“Nada en ese libro es accidental”, afirma Del Risco sobre el tema. “Ni siquiera las erratas. En el caso del Comandante sucede que a Fidel o a Castro todo el mundo los acusa (con razón) de los más variados crímenes mientras que el Comandante se ha mantenido increíblemente a salvo de tales acusaciones. Pues alguien tenía que ocuparse de rellenar ese vacío y le ha tocado precisamente al compañero Enrisco”. 
   
Enrique Del Risco es autor de una decena de libros, entre los que se destacan Lágrimas de cocodrilo  y ¿Qué pensarán de nosotros en Japón?, V Premio Iberoamericano Cortes de Cádiz. Ha sido traducido al inglés, alemán y polaco. Estos libros y los logros que le han traído, sucedieron fuera de Cuba. “Enrisco y yo pedimos asilo político en 1995 en España y no llegamos a Estados Unidos hasta 1997”, dice el escritor que desde que llegó a este país vive en West New York, New Jersey. 

De sus últimos años en Cuba, el autor es muy honesto en sus recuerdos. “Un horror absoluto atenuado por la amistad y la juventud que hace que cualquier circunstancia, por terrible que sea, parezca mucho más divertida”, confiesa. “Fueron años de mucha indignación ante la realidad que no te daba tregua en casi ningún espacio de tu vida pero, al mismo tiempo, muy vitales y creativos”.

                                                                                                      
              
                                                                                                Vera



Entrevista Enrique Del Risco, El Nuevo Herald

Wednesday, September 3, 2014

Ed Gein, el ‘carnicero’ de Plainfield

A Ed Gein la vida lo había lastimado como suele hacerlo con casi todos los mortales, aunque él como respuesta, en vez de obedecer y agachar la cabeza, decidió salir a matar.

Gein era bueno con las manos, se daba astucia para todo. Desde que su hermano mayor Henry había muerto en un confuso episodio cuando se incendió parte de las ochenta hectáreas de su finca–a unos 10 kilómetros del pueblo de Plainfield, Wisconsin– y luego fue el turno de su madre Augusta, una mujer severa que leía en voz alta los pasajes del Apocalipsis, y quien aún después de muerta su hijo la adoraba como si fuera una efigie celestial, Gein de 39 años había quedado complemente solo en su casa y debía arreglárselas como mejor pudiese. Esa destreza le había ganado cierta fama y era requerido por muchos en el pueblo para hacer pequeños trabajos.

El ingenio de Gein con las manos no sólo le servía para ganarse algunos dólares. Cuando la noche hacía los caminos de tierra más solitarios, se adentraba en los cementerios. Siempre habría los ataúdes de aquellos que hacía muy pocas horas habían muerto. Eran los mejores cuerpos, Gein así podía oler el perfume de la piel que todavía no se había vuelto rancia.

Las cabezas las guardaba en el refrigerador o las hervía. Con la carne y la piel hacía todo tipo de objetos: brazaletes, vainas de cuchillo, pantallas de lámparas y asientos, collares hechos con labios, recipientes para comer con la mitad invertida de cráneos, chalecos tapizado de vaginas y pechos.
Pero había una de las creaciones que era su preferida: un vestido confeccionado íntegramente con piel femenina. Gein lo usaba frente al espejo que había pertenecido a su madre. Se podía quedar horas contemplando la belleza atroz de su figura. Todavía no había abandonado la idea de cambiar de sexo, aunque los costos de la operación fueran muy elevados. Siendo una mujer como su madre, podía llenar la ausencia de su muerte.

Durante años su casa fue un santuario de cadáveres y objetos macabros. El 17 de noviembre de 1957 la historia de Ed Gein sacudió a los Estados Unidos. La desaparición de Bernice Worden, de 58 años, empleada de una ferretería de Plainfield, condujo a la finca del asesino: en el cuaderno de registros del negocio figuraba el nombre de Gein como último cliente.

La policía se enfrentó a una escena de terror. Colgado del techo por los tobillos, con las piernas abiertas, y sin cabeza, el cuerpo de Worden era una masa deforme. Tenía un tajo que era una raya furiosa que empezaba en la vagina y terminaba en sus senos, que eran dos agujeros negros, porque le había sacado los pezones.

Ed Gein sólo confesó otro crimen, el de Mary Hogan, una camarera que desapareció en 1954. El número de asesinatos ronda la decena, aunque sólo hay indicios. Por declararlo insano, Gein nunca estuvo en prisión. Lo alojaron en el Wisconsin Waupan State Hospital, donde murió de problemas respiratorios en 1984.

La historia de Ed Gein inspiró una serie de films de horror, como Texas Chainsaw Massacre, Silence of the Lambs y Psycho. Quizá, también, a otros asesinos seriales.



                                                                                                             Vera


Ed Gein, el carnicero de Plainfield. El Club de los Asesinos (Caliente Semanal)

Saturday, August 16, 2014

Roberto Arlt y el novio fugitivo

La noticia no se hizo esperar: un muchacho desapareció el mismo día en que daría el sí frente al altar. La novia, vestida rigurosamente de blanco para la ocasión, entre lagrimas, temió que alguien hubiera secuestrado al amor de su vida. O peor: que hubiese sufrido un accidente. Así que todos los medios de la Argentina se ocuparon de la noticia.

A los pocos días, finalmente, el novio fue encontrado en un hotel de Rosario. El motivo de su huida –a partir de ese momento la prensa lo catalogó como “el novio fugitivo”– fue porque había hecho mal las cuentas y no llegaba, no podía pagar el monto de la fiesta. Entró en pánico y se escapó.

El incidente me hizo recordar a un viejo amigo, que hace años que ya no veo, y al cuento “Noche terrible”, de Roberto Arlt. Y también, a cierta culpa que me rondó en su momento. Mi amigo, que aquí por discreción se llamará Fernando, era un tipo despierto para la electrónica. De hecho, había ido a un colegio industrial, bastante exigente, y se había recibido con buenas notas. Pero poco y nada había leído de literatura. Así que era yo quien le sumistraba libros en esa primera juventud compartida, aunque Fernando me llevara unos cuantos años.

No todo lo que le daba le gustaba. Como en aquella historia de Henry James, las elecciones de mi amigo de manera invisible, aunque marcada, trazaban un dibujo, una genealogía que desechaba a algunos y agrupaba a Cortázar, Arlt y Ernesto Sábato.

Esos libros eran una buena compañía para el viaje que Fernando emprendía los fines de semana, cuando visitaba a su novia que vivía en la zona de Tigre. Al caer la tarde lo acompañaba a la estación de Barrancas de Belgrano. Hablábamos de mujeres y también de libros. A veces, ante un problema sentimental, nombraba “Noche terrible”. “Haber si un día yo hago lo mismo”, decía con una sonrisa.

La historia de Arlt se publicó por primera vez — según la biografía de Sylvia Saítta El escritor en el bosque de ladrillos — en Mundo Argentino, el 26 de agosto de 1931. Es parte de El jorobadito, primera recopilación de relatos del autor. Publicado en 1933, el libro incluye nueve contundentes e inspiradas historias del mundo arltiano, como Ester Primavera, Las fieras, El jorobadito y La luna roja.

“Noche Terrible” explora el miedo que siente Ricardo Stepens a pocas horas de casarse. El reloj empiezar a dar la vuelta, y antes del alba, el joven deberá decidir si finalmente acepta una vida burguesa o se escapa a ese destino.

Mi amigo continuó su romance y a fuerza de una cotidianidad exasperada logró que su nueva familia lo acepte. En cada reunión especial, como el cumpleaños de uno de los hermanos mayores de su novia o para Navidad, Fernando levantó la copa. Los paseos domingueros por la plaza de San Isidro, el cine con los films del momento, que a veces se intercalaban con algún ciclo de películas iraníes –en una época hicieron estrago en Buenos Aires–, las manos furtivas, los cuerpos apoyados contra el muro de una casa mal iluminada, los dedos impregnados del perfume primitivo… Todo eso vivió Fernando y mucho de aquello rememora Stepens en su noche terrible. Aquí y allá, como se ve, los enamorados siempre condescenciedientes con el lugar común.

Pasó el tiempo. Mi amigo cada vez más próximo a los cuarenta, una edad donde lo que es promesa si no se hace realidad entra en fracaso. Su novia le pidió que se casaran. Con diez años de noviazgo ya era tiempo de “formalizar”, y que silencioso vinera lo otro: auto, hipotéca, hijos –en el mejor de los casos solo uno–, niñera, colegio privado, clases de música o ballet, vida de clubs, domingos tediosos pero navidades hermosas.

La novia puso fecha de casamiento y se empezó a organizar la fiesta, el hotel de luna de miel, el departamento, “el nidito de amor”: punto de partida para todo lo demás.

Todo esto lo supe ya en Estados Unidos. Dicen que la noche anterior a la boda Fernando temblaba de miedo, lloraba, le confesaba a la madre que no quería casarse. Apenas si con lo que ganaba podía alquilar la casita donde vivían. La familia de la novia se había hecho cargo de la fiesta, como de casi todo.

A la hora de la boda, Fernando no apareció. El padre junto al hermano mayor lo fue a buscar con un revolver para que entrara en razón. En la casa le dijeron que se había ido, y que no sabían adónde. Fernando nunca más se tomó el tren a Tigre como jamás volvió a hablar con la que era su novia. Esta historia ya es parte del anecdotario del barrio.

Como en las peliculas de Holywood, la historia del novio fugitivo tiene un final feliz. En pocos días se casarán en la Iglesia de Fátima. “Ya lo perdoné y crecimos como pareja. Él reconoció su error, y eso lo hizo crecer como persona. Entiendo el miedo que puedo llegar a sentir nuevamente ante su ausencia”, ha dicho la mujer que tiene una relación con el joven desde hace cuatro años y crían una niña de tres.


Por el número de comentarios que ha tenido la noticia en los foros de Interntet, se ve que a la gente el tema le ha interesado mucho. Han tenido una activa participación que, no lo dudo, aumentará cuando se reproduzca la nota del día del casamiento y por fin la fiesta. Pero como dice el tango “Naranjo en flor”, después, ¿qué importa del después?



                                                                                                       Vera


Artículo sobre Art y el novio fugitivo, Sub-Urbano.com

Monday, July 21, 2014

La novela cubana sin fin


Todas los días a las 11 de la mañana Carlos Victoria levantaba el teléfono. Sabía muy bien el motivo de  la llamada, pero por cortesía a su amigo no rechazaba aquel extraño rito: del otro lado la voz cansada y ronca de siempre le anunciaba que se iba a matar.

 Guillermo Rosales sabía de voluntades: desde su juventud en Cuba escribía y quemaba sus manuscritos. Ahora en Miami que la esquizofrenia minaba su vida, no podía cambiar de hábitos.

La madre y los contados amigos que Rosales tuvo en vida también sabían de voluntades y así lograron salvar algunos escritos y reeditar lo poco que el autor publicó en vida. Esos pocos textos bastan. 

Rosales escribió Boarding Home en Miami y la presentó en la primera edición del premio Letras de Oro. El jurado estaba compuesto por Octavio Paz, que todavía no había ganado el Nobel pero  su nombre, como alguna vez le había sucedido a Borges sin suerte,  circulaba entre los académicos suecos. A la ceremonia –que auspiciaba American Express– Rosales fue de smoking (alquilado) y compartió mesa con el poeta azteca.

Esa noche de 1987 Rosales logró dejar de lado la enfermedad que lo torturaba y disfrutar su primer reconocimiento en Estados Unidos, que era el segundo que había tenido en su vida.  En la década del sesenta cuando trabajaba de periodista y era como otros jóvenes cubanos creyentes de una revolución de la nada,  El Juego de la Viola –que se publicó póstumamente en Estados Unidos– fue finalista del premio Casa de las Américas. 

Boarding Home es una novela desesperada y cruel –“una mirada al horror desde los ojos de la víctima”, escribió José Abreu Felippe–, una obra que es el testimonio oscuro del emigrado. La trama de la novela es sencilla: William Figueras, un escritor cubano sin obra,  llega a un boarding home. Estos sitios, hasta donde sé por suerte inéditos en América latina, poseen algunas característica particulares: alojan desde jubilados pobres o sin familia (o que ya no pueden cuidar de ellos o ni les interesa) hasta ex convictos, locos, adictos irrecuperables. Son casas particulares que  soportan remodelaciones incómodas de dueños que, pagando una licencia estatal, tienen vía libre para un negocio seguro. A falta de un Estado que protega mínimamente lo más delgado de la sociedad, un  boarding home es un deposito de olvidados que con resignación se enfrentan a la estupidez humana.

En la novela hay una crítica, inevitable, a los dos sistemas –¿hace falta nombrarlos?– que han cruzado el siglo XX y buena parte del XXI.  El boarding home es una isla de locos, entiende Figueras, no menos absurda y ruin que la que ha creído dejar en Cuba (de las pesadillas que en  la noche lo atacan al protagonista, algunas tienen la escenografía de La Habana y a un Fidel Castro de rozagante mortandad).

 Boarding Home es una de las mejores novelas que se han escrito en español en los Estados Unidos. Ese privilegio le toca directo a Miami: la ciudad ya tiene un clásico en su biblioteca.

La suerte de la novela, sin embargo, tuvo el destino de los grandes libros malditos: un camino difícil que sólo el tiempo logró aligerar.  La obra se editó por un pequeño sello, aunque no se cumplió con la otra parte del premio, que era su publicación en inglés. Después de la muerte Rosales, la novela  se reeditó por la exquisita editorial española Siruela; Actes Sud la publicó en francés y New Directions hizo lo suyo en inglés.

Como casi todas las obras escritas por autores latinoamericanos en los Estados Unidos, Boarding Home tiene un lenguaje fronterizo, un español con acento, partículas de un inglés de extranjero.

Guillermo Rosales llegó a Miami, previo paso por Madrid, en 1980. Ese mismo año Carlos Victoria y Reinaldo Arenas bajaron del Mariel. En Antes que anochezca Arenas se ríe de “las damas poetisas” que le aconsejaban  hacerse business cards y entregarlas en cuanto evento concurriera. Arenas no soportó la  asfixia doméstica de Miami, que ya acogía una buena cantidad de refugiados cubanos, y se marchó a New York, para vivir por temoradas, porque a menudo regresó a Miami donde tenía amigos y familiares. Hizo una obra.  Cuando el Sida perforó su salud y el alma, Arenas  se suicidó.

En Miami Carlos Victoria logró escribir las historias que no pudo en Cuba. No sé si fue “feliz”, pero al menos nadie lo echó de ningún lado, como sí lo hicieron de la Universidad de La Habana por “diversionismo ideológico”. Como Arenas, muchos de sus manuscritos fueron confiscados. Dentro de su obra,  Puente en la oscuridad ganó el premio Letras de oro 1993, que esta vez sí  cumplió con lo prometido. Su novela La travesía secreta –seleccionada en el 2001 como Mejor Libro Extranjero en Francia– está dedicada a Rosales y Arenas.

Victoria trabajó como periodista en el mismo diario en el que suelo escribir. En  la redacción de El Nuevo Herald –que ahora aparece en Back to blood, la novela de Tom Wolfe – en más de una ocasión hablé sobre él con  el escritor Andrés Hernández Alende. Alguna vez, cuando invoqué su nombre en la biblioteca pública del downtown,  un empleado me comentó que allí Victoria leía en francés En busca del tiempo perdido.

 La mañana del 9 de julio de 1993 Carlos Victoria no recibió ningún llamado. No hizo falta que le avisaran que Rosales finalmente se había pegado un tiro en la cabeza. Cuatro años después en el Hospital Palmetto de la ciudad de Hialeah, Victoria, cansado de luchar contra un cáncer de colon,  moría por una sobredosis de barbitúricos.

En estos tres destinos, amargos y acaso luminosos sólo a través de la literatura que imaginaron, creo  leer una novela, una novela cubana que se estira en el tiempo y que a diferencia de otras, deseo que  algún día tenga fin.


                                                                                                         

                                                                                                                          Vera


Sobre Rosales, Arenas y Victoria. Sub-urbano.com

Friday, July 18, 2014

John Wayne Gacy, el payaso asesino


John Wayne Gacy era uno de los hombres más respetados de su comunidad. Como empresario, dueño de P.D.M. Contractors, había logrado un excelente pasar económico. El poder que suele dar el dinero, a John, no lo había cambiado: era generoso, siempre con predisposición para escuchar al otro, para darle inclusive abultados cheques para calmar los problemas. En sus ratos libres, que sabía encontrar, visitaba los hospitales públicos de Chicago.

Para esas ocasiones se disfrazaba de payaso. El mismo había aprendido a maquillarse, a delinear una gran sonrisa roja que los chicos adoraban. Había inventado un personaje, Pogo, el payaso. En resumen, la figura de aquel hombre corpulento de hombros anchos y mirada triste era proporcional a su trato amable, a su infinita bondad. 

 La tarde del 21 de diciembre de 1978 no sólo la ciudad de Chicago sino el país entró en shock: en una casa del suburbio de Norwood Park, cercano al aeropuerto internacional, la policía había encontrado enterrados en el garaje, en la cocina, alrededor del jardín más de una veintena de cuerpos.  Los cadáveres –en investigaciones ulteriores al río Des Plaines la cifra terminó en 33–  eran de adolescentes y jóvenes. De esta manera John Wayne Gacy, con tan solo 36 años, se convertía en el mayor asesino serial de la historia de los Estados Unidos. 

 Entre 1972 y 1978 Gacy mantuvo como una obsesión que en verdad lo era, la rutina de deambular  arriba de su Oldsmobile negro por las noches de Chicago. Así elegía a sus víctimas, muchas de ellas taxi boys del área de Bughouse Square o simplemente  muchachos que habían escapado de sus hogares y esperaban en las estaciones de trenes o hacían autoestop  para que alguien los llevase a un viaje a ninguna parte.

A veces, Gacy tuvo que amenazarlos con un revolver o decirles que era de la policía de narcóticos, pero otras, apenas bastó su amabilidad y voz serena –cualidad que permaneció inalterable aun en prisión– que prometía trabajo y comida caliente para que esos jóvenes aceptaran su compañía. Allí  entonces, en la residencia marcada con el 8213 de West Summerdale, esos muchachos sentían que  penetraban en otro mundo, en uno de confort y cuidado.  

Gacy les cocinaba, les ofrecía alcohol y marihuana, les mostraba su colección de films eróticos.  En algún momento de la noche la generosidad se volvía un juguete roto.

Los jóvenes eran esposados, forzados a tener sexo mientras Gacy los torturaba, les daba golpes con manoplas o les introducía objetos. Luego los estrangulaba con un torniquete. En algunas ocasiones, Gacy mató a dos jóvenes en una noche. Para que los cadáveres no desprendieran un olor nauseabundo, a veces los rociaba con ácido y otras con lavandina. Luego los enterraba en tumbas de un pie de profundidad.
 
Alguna vez, los vecinos escucharon gritos durante la noche. La policía visitó el domicilio de Gacy pero nunca sospechó nada.

Los crímenes se descubrieron por la denuncia de una madre. Su hijo había desaparecido. Lo  último que le había dicho es que se iba a la casa de un tal Gacy en el 8213 de West Summerdale con la esperanza de conseguir  trabajo. La policía, esta vez, fue con una autorización para revisar la casa. En el baño un oficial sintió un perfume extraño. Recordó que era muy similar al que olía cada vez que visitaba la morgue.

John Wayne Gacy –ahora bautizado por la prensa como “El payaso asesino”– fue ejecutado en 1994. De los 24 años que pasó en la cárcel, mientras recibía cartas de todo tipo de personas, desde las que creían en su inocencia a familiares de la víctimas como de reporteros que deseaban una entrevista –Oprah Winfrey le envió una carta de puño y letra– Gacy mantuvo inalterable otra de sus pasiones: pintar retratos hermosos de payasos tristes.
 

                                                                                                                    Vera

 

John Wayne Gacy, el payaso asesino. El Club de los Asesinos (Caliente Semanal)

Thursday, July 3, 2014

Aileen Wuornos, la asesina de la carretera


 
Cuando Aileen Wuornos conoció a Tyria Moore en aquel bar gay de Daytona Beach sintió que  por primera vez a alguien le importaba su vida. Hasta ese momento todo había sido una sucesión de oscuro dolor. El padre, al que Aileen nunca conoció,  terminó ahorcándose en un celda mientras cargaba varias condenas por abusador de menores. Con tan solo cuatro años de edad ella y su pequeño hermano Keith sufrieron el abandono de su madre, y los niños fueron adoptados legalmente por sus abuelos en 1960.  

Lauri and Britta Wuornos resultaron la peor pesadilla para los pequeños. No sólo su abuela era una alcohólica, lo que hacía que estuviera tirada en la cama por días sin importarle la suerte de los niños, sino que su esposo sacaba provecho de la situación para golpear a  Aileen con un cinturón de cuero, obligarla a desvestirse y finalmente violarla.

Para cuando la niña cumplió 11 años ya había tenido sexo con los amigos de su vecindario a cambio de cigarrillos, cerveza, marihuana o lo que sea. Con su hermano  Keith fue distinto: no necesitó darle nada. 

Aileen quedó embarazada de un amigo de su abuelo. El viejo Lauri no soportó la humillación de que no fuera él quien perpetuara su sangre. Al niño lo dio en adopción y a ella la echó de la casa. Con quince años la adolescente emprendió un vagabundeo de subsistencia. Dormía en casas abandonadas, se dedicaba a pedir limosna, a robar en las tiendas, a la prostitución.

Cuando Aileen Wuornos conoció a Tyria Moore en aquel bar gay de Daytona Beach no sólo sintió que por primera vez a  alguien le importaba su vida sino que el ser humano es capaz de soportar demasiado dolor. Lo que no sospechaba, no lograba entender ahora  esa mujer de treinta años de infierno, es que las heridas profundas supuran irremediablemente un veneno letal.
Aileen  convenció a la muchacha que dejara su trabajo de limpieza en un hotel de la playa.  Lo que ganaba como prostituta no era mucho, pero ya tenía planes más redituables.

Una noche de noviembre de 1989 en que la mujer rondaba  como siempre la carretera interestatal en busca de clientes, se topó con Richard Mallory. El hombre de  51 años era dueño de una tienda de productos electrónicos en Clearwater, Florida. Arreglaron el precio, aunque Mallory no pudo descargar su deseo: fue la prostituta, en cambio, la que vació el cargador de su arma. 

 Nadie lloró la muerte Mallory. La policía descubrió que era un pederasta con un largo récord criminal.  

No sucedió lo mismo con la segunda víctima, David Spears, de 43 años, trabajador de la construcción en Winter Garden, Florida, ni con Peter Siems, un jubilado de 65 al que todos respetaban por tener una activa participación en la iglesia de su comunidad. Ni con los otros cuatro hombres que fueron hallados semi desnudos en el bosque o adentro de sus autos, con varios tiros en el cuerpo. Había una modalidad en los crímenes que hizo alertar a la policía que un nuevo asesino serial andaba suelto. 

Por la declaración de testigos que vieron a dos mujeres conducir un coche a alta velocidad y por las huellas dactilares que la policía encontró en la puerta del vehículo cuando éste fue abandonado, la identidad del asesino se reveló: Aileen Wuornos.

 Para ese entonces Tyria Moore la había abandonado. La policía dio con su paradero y llegó a un acuerdo: si confesaba en dónde Aileen se refugiaba, ningún cargo tendría que enfrentar. 

Tyria compartió una cerveza con su ex pareja por última vez en el bar The Last Resort, de Port Orange, Florida, en enero de 1991.

Aileen Wuornos –para muchos la primera asesina serial de los Estados Unidos– fue ejecutada por inyección letal el 9 de octubre del 2002.

 Descanse en paz.   

 

                                                                                            Vera

 

Aileen Wuornos, la asesina de la carretera. El Club de los Asesinos (Caliente Semanal)