Friday, August 15, 2014
Monday, July 21, 2014
La novela cubana sin fin
Todas los días a las 11 de la mañana Carlos Victoria levantaba el
teléfono. Sabía muy bien el motivo de la
llamada, pero por cortesía a su amigo no rechazaba aquel extraño rito: del otro
lado la voz cansada y ronca de siempre le anunciaba que se iba a matar.
La madre y los contados amigos que Rosales tuvo en vida también
sabían de voluntades y así lograron salvar algunos escritos y reeditar lo poco
que el autor publicó en vida. Esos pocos textos bastan.
Rosales escribió Boarding Home en Miami y la presentó en la
primera edición del premio Letras de Oro. El jurado estaba compuesto por
Octavio Paz, que todavía no había ganado el Nobel pero su nombre, como alguna vez le había sucedido
a Borges sin suerte, circulaba entre los
académicos suecos. A la ceremonia –que auspiciaba American Express– Rosales fue
de smoking (alquilado) y compartió mesa con el poeta azteca.
Esa noche de 1987 Rosales logró dejar de lado la enfermedad que lo
torturaba y disfrutar su primer reconocimiento en Estados Unidos, que era el
segundo que había tenido en su vida. En
la década del sesenta cuando trabajaba de periodista y era como otros jóvenes
cubanos creyentes de una revolución de la nada,
El Juego de la Viola –que se publicó póstumamente en Estados
Unidos– fue finalista del premio Casa de las Américas.
Boarding Home es una novela desesperada
y cruel –“una mirada al horror desde los ojos de la víctima”, escribió José Abreu
Felippe–, una obra que es el testimonio oscuro del emigrado. La trama de la
novela es sencilla: William Figueras, un escritor cubano sin obra, llega a un boarding home. Estos sitios, hasta
donde sé por suerte inéditos en América latina, poseen algunas característica
particulares: alojan desde jubilados pobres o sin familia (o que ya no pueden
cuidar de ellos o ni les interesa) hasta ex convictos, locos, adictos
irrecuperables. Son casas particulares que
soportan remodelaciones incómodas de dueños que, pagando una licencia
estatal, tienen vía libre para un negocio seguro. A falta de un Estado que
protega mínimamente lo más delgado de la sociedad, un boarding home es un deposito de olvidados que
con resignación se enfrentan a la estupidez humana.
En la novela hay una crítica, inevitable, a los dos sistemas –¿hace
falta nombrarlos?– que han cruzado el siglo XX y buena parte del XXI. El boarding home es una isla de locos,
entiende Figueras, no menos absurda y ruin que la que ha creído dejar en Cuba
(de las pesadillas que en la noche lo
atacan al protagonista, algunas tienen la escenografía de La Habana y a un
Fidel Castro de rozagante mortandad).
La suerte de la novela, sin embargo, tuvo el destino de los grandes
libros malditos: un camino difícil que sólo el tiempo logró aligerar. La obra se editó por un pequeño sello, aunque
no se cumplió con la otra parte del premio, que era su publicación en inglés.
Después de la muerte Rosales, la novela
se reeditó por la exquisita editorial española Siruela; Actes Sud la
publicó en francés y New Directions hizo lo suyo en inglés.
Como casi todas las obras escritas por autores latinoamericanos en
los Estados Unidos, Boarding Home tiene un lenguaje fronterizo, un
español con acento, partículas de un inglés de extranjero.
Guillermo Rosales llegó a Miami, previo paso por Madrid, en 1980.
Ese mismo año Carlos Victoria y Reinaldo Arenas bajaron del Mariel. En Antes
que anochezca Arenas se ríe de “las damas poetisas” que le aconsejaban hacerse business cards y entregarlas en
cuanto evento concurriera. Arenas no soportó la
asfixia doméstica de Miami, que ya acogía una buena cantidad de
refugiados cubanos, y se marchó a New York, para vivir por temoradas, porque a
menudo regresó a Miami donde tenía amigos y familiares. Hizo una obra. Cuando el Sida perforó su salud y el alma,
Arenas se suicidó.
En Miami Carlos Victoria logró escribir las historias que no pudo en
Cuba. No sé si fue “feliz”, pero al menos nadie lo echó de ningún lado, como
sí lo hicieron de la Universidad de La Habana por “diversionismo ideológico”.
Como Arenas, muchos de sus manuscritos fueron confiscados. Dentro de su
obra, Puente en la oscuridad ganó
el premio Letras de oro 1993, que esta vez sí
cumplió con lo prometido. Su novela La travesía secreta
–seleccionada en el 2001 como Mejor Libro Extranjero en Francia– está dedicada
a Rosales y Arenas.
Victoria trabajó como periodista en el mismo diario en el que suelo
escribir. En la redacción de El Nuevo
Herald –que ahora aparece en Back to blood, la novela de Tom Wolfe – en
más de una ocasión hablé sobre él con el
escritor Andrés
Hernández Alende. Alguna vez, cuando invoqué su nombre
en la biblioteca pública del downtown,
un empleado me comentó que allí Victoria leía en francés En busca del
tiempo perdido.
En estos tres destinos, amargos y acaso luminosos sólo a través de
la literatura que imaginaron, creo leer
una novela, una novela cubana que se estira en el tiempo y que a diferencia de
otras, deseo que algún día tenga fin.
Vera
Friday, July 18, 2014
John Wayne Gacy, el payaso asesino
John Wayne
Gacy era uno de los hombres más respetados de su comunidad. Como empresario,
dueño de P.D.M. Contractors, había logrado un excelente pasar económico. El
poder que suele dar el dinero, a John, no lo había cambiado: era generoso,
siempre con predisposición para escuchar al otro, para darle inclusive
abultados cheques para calmar los problemas. En sus ratos libres, que sabía
encontrar, visitaba los hospitales públicos de Chicago.
Para esas
ocasiones se disfrazaba de payaso. El mismo había aprendido a maquillarse, a
delinear una gran sonrisa roja que los chicos adoraban. Había inventado un
personaje, Pogo, el payaso. En resumen, la figura de aquel hombre
corpulento de hombros anchos y mirada triste era proporcional a su trato
amable, a su infinita bondad.
A veces,
Gacy tuvo que amenazarlos con un revolver o decirles que era de la policía de
narcóticos, pero otras, apenas bastó su amabilidad y voz serena –cualidad que
permaneció inalterable aun en prisión– que prometía trabajo y comida caliente
para que esos jóvenes aceptaran su compañía. Allí entonces, en la residencia marcada con el
8213 de West Summerdale, esos muchachos sentían que penetraban en otro mundo, en uno de confort y
cuidado.
Gacy les
cocinaba, les ofrecía alcohol y marihuana, les mostraba su colección de films
eróticos. En algún momento de la noche
la generosidad se volvía un juguete roto.
Los jóvenes
eran esposados, forzados a tener sexo mientras Gacy los torturaba, les daba
golpes con manoplas o les introducía objetos. Luego los estrangulaba con un
torniquete. En algunas ocasiones, Gacy mató a dos jóvenes en una noche. Para
que los cadáveres no desprendieran un olor nauseabundo, a veces los rociaba con
ácido y otras con lavandina. Luego los enterraba en tumbas de un pie de
profundidad.
Alguna vez,
los vecinos escucharon gritos durante la noche. La policía visitó el domicilio
de Gacy pero nunca sospechó nada.
Los crímenes
se descubrieron por la denuncia de una madre. Su hijo había desaparecido.
Lo último que le había dicho es que se
iba a la casa de un tal Gacy en el 8213 de West Summerdale con la
esperanza de conseguir trabajo. La
policía, esta vez, fue con una autorización para revisar la casa. En el baño un
oficial sintió un perfume extraño. Recordó que era muy similar al que olía cada
vez que visitaba la morgue.
John Wayne
Gacy –ahora bautizado por la prensa como “El payaso asesino”– fue ejecutado en
1994. De los 24 años que pasó en la cárcel, mientras recibía cartas de todo
tipo de personas, desde las que creían en su inocencia a familiares de la
víctimas como de reporteros que deseaban una entrevista –Oprah Winfrey le envió
una carta de puño y letra– Gacy mantuvo inalterable otra de sus pasiones:
pintar retratos hermosos de payasos tristes.
Vera
John Wayne Gacy, el payaso
asesino. El Club de los Asesinos
(Caliente Semanal)
Thursday, July 3, 2014
Aileen Wuornos, la asesina de la carretera
Cuando Aileen Wuornos conoció a Tyria Moore en aquel bar
gay de Daytona Beach sintió que por
primera vez a alguien le importaba su vida. Hasta ese momento todo había sido
una sucesión de oscuro dolor. El padre, al que Aileen nunca conoció, terminó ahorcándose en un celda mientras
cargaba varias condenas por abusador de menores. Con tan solo cuatro años de
edad ella y su pequeño hermano Keith sufrieron el abandono de su madre, y los
niños fueron adoptados legalmente por sus abuelos en 1960.
Lauri and Britta Wuornos resultaron la peor pesadilla
para los pequeños. No sólo su abuela era una alcohólica, lo que hacía que
estuviera tirada en la cama por días sin importarle la suerte de los niños,
sino que su esposo sacaba provecho de la situación para golpear a Aileen con un cinturón de cuero, obligarla a
desvestirse y finalmente violarla.
Para cuando la niña cumplió 11 años ya había tenido sexo
con los amigos de su vecindario a cambio de cigarrillos, cerveza, marihuana o
lo que sea. Con su hermano Keith fue
distinto: no necesitó darle nada.
Aileen quedó embarazada de un amigo de su abuelo. El
viejo Lauri no soportó la humillación de que no fuera él quien perpetuara su
sangre. Al niño lo dio en adopción y a ella la echó de la casa. Con quince años
la adolescente emprendió un vagabundeo de subsistencia. Dormía en casas
abandonadas, se dedicaba a pedir limosna, a robar en las tiendas, a la
prostitución.
Cuando Aileen Wuornos conoció a Tyria Moore en aquel bar
gay de Daytona Beach no sólo sintió que por primera vez a alguien le importaba su vida sino que el ser
humano es capaz de soportar demasiado dolor. Lo que no sospechaba, no lograba
entender ahora esa mujer de treinta años
de infierno, es que las heridas profundas supuran irremediablemente un veneno
letal.
Aileen convenció a
la muchacha que dejara su trabajo de limpieza en un hotel de la playa. Lo que ganaba como prostituta no era mucho,
pero ya tenía planes más redituables.
Una noche de noviembre de 1989 en que la mujer
rondaba como siempre la carretera
interestatal en busca de clientes, se topó con Richard Mallory. El hombre
de 51 años era dueño de una tienda de
productos electrónicos en Clearwater, Florida. Arreglaron el precio, aunque
Mallory no pudo descargar su deseo: fue la prostituta, en cambio, la que vació
el cargador de su arma.
No sucedió lo mismo con la segunda víctima, David Spears,
de 43 años, trabajador de la construcción en Winter Garden, Florida, ni con
Peter Siems, un jubilado de 65 al que todos respetaban por tener una activa
participación en la iglesia de su comunidad. Ni con los otros cuatro hombres
que fueron hallados semi desnudos en el bosque o adentro de sus autos, con
varios tiros en el cuerpo. Había una modalidad en los crímenes que hizo alertar
a la policía que un nuevo asesino serial andaba suelto.
Por la declaración de testigos que vieron a dos mujeres
conducir un coche a alta velocidad y por las huellas dactilares que la policía
encontró en la puerta del vehículo cuando éste fue abandonado, la identidad del
asesino se reveló: Aileen Wuornos.
Tyria compartió una cerveza con su ex pareja por última
vez en el bar The Last Resort, de Port Orange, Florida, en enero de 1991.
Aileen Wuornos –para muchos la primera asesina serial de
los Estados Unidos– fue ejecutada por inyección letal el 9 de octubre del 2002.
Vera
Aileen Wuornos, la asesina de la carretera. El Club de los Asesinos (Caliente Semanal)
Friday, June 20, 2014
Monday, June 9, 2014
We can be heroes
Next to
Hollywood celebrities no one can argue that soccer players are the stars of our
times. Rich and famous, they appear on the front covers of magazines, do
commercials, and participate in charity events. For many, after Lionel Messi,
it is Javier Hernandez— better known as El Chicharito who joins the prestigious
Olympus of soccer superstars such as: Pelé, Di Stéfano, Cruyff, and Maradona.
And now like them, he has a book about his life.
"Chicharito:
The Javier Hernandez Story," published by Vintage Español, is the
nonofficial biography of this young Mexican who plays as a forward for the
Manchester United Premier League of England. The author Charles Samuel, with
the obsession of a good investigator and journalist follows the footsteps of
Chicharito from the city of Guadalajara (where he was born on June 1, 1988), to
the minor leagues where at the age of 9 he was already showing the elegant
style of his soccer talents, then his distinguished performance in the Club
Deportivo Guadalajara, up to the time he joins the Mexico National football
team and his current life in Europe.
Samuel was able
to interview Chicharito, his family members and many of his teammates of the
Manchester United, as well as have access to his personal photos. The book
reveals how this young soccer star became known as "El Chicharito"
(the little pea). His father, Javier Hernandez Gutierrez, a former soccer
player was known as "El Chicharo" (the pea) because of his short
stature and blue eyes; physical features that El Chicarito also possesses. Not
only does he inherit his father's soccer abilities and physical attributes, but
also his nickname. Chicharito is the third generation soccer player in his
family: his father participated in the World Cup of 1986 that took place in Mexico
and his maternal grandfather was Tomás Balcázar, a legendary player from
Guadalajara.
In regards to
his father and grandfather, Chicharito comments in the book, "they help me
a lot in the soccer field given that they also played as forwards, but they have
helped me even more outside of the field. That is the most difficult thing for
a young player; there's so much money involved and various things can take you
off track. I am not better than others despite my goals, my success, or my
medals."
Chicharito was
sold for more than $9 million to Manchester United, becoming one of the most
expensive soccer players in Mexican soccer, and this year he became a UNICEF
Ambassador.
Beyond the
interviews with family and friends, there is something that is often forgotten
and is probably the most important aspect of these types of books -- the
personal challenges that many young athletes have had to overcome. This book
provides an inspirational message that can help change the life of many people,
especially that of adolescents.
Friday, May 16, 2014
Un adiós punk ( y argentino)
Si Churchill’s no existiera, habría que inventarlo. Desde
1979, cuando el británico Dave Daniels decidió la temeraria empresa de abrir un
bar en la por entonces sombría Little Haiti, el lugar es referencia de música
en vivo, con grupos de rock, punk y otros estilos, pero siempre con la premisa de hacerlo con
una actitud contracultural.
Stuka hace años que vive y trabaja en la ciudad. Cada fin
de semana el músico argentino toca material de sus discos en solitario como Loop
Neurótico (2010) y En la variedad está el placer (2014), como de Los
Violadores, con los que se presentó en Churchill’s durante una fugaz reunión de la banda en el 2002.
Juan Rozas, guitarra y voz de Tremends, es argentino pero
reside hace más de 20 años en Miami. Para él, Churchill’s y Daniels son el
anverso y reverso de una moneda que tiene un valor muy especial.
“La primera vez entré, allá por 1992, pensé que era
"el lugar" de Miami, un
farolito en el medio de una gran oscuridad”, recuerda Juan. “Todo podía suceder.
Aunque no tuviera una banda en ese momento, me dije, "yo quiero tocar acá"”.
Finalmente Juan tuvo su banda: Tereso, sin duda, de lo
mejor de la Florida, que alcanzó a grabar un disco, Youth Divine Treasure
(2005).
Con respecto al futuro de
Churchill’s, Juan comenta: “Me alegro por Dave que se pueda tomar unas
buenas vacaciones y le agradezco eternamente por lo que creó en Miami. Si los
nuevos dueños continúan con la actitud artística que tuvo él, hay Churchill’s
para rato. Pero si lo pasteurizan, quién sabe. Últimamente es algo que Miami
viene padeciendo”.
Vera
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