Friday, September 28, 2012

Bayly: Buenos Aires me mata


Escupirán sobre mi tumba cierra la trilogía denominada “Morirás mañana” que empezó hace un par de años con las novelas El escritor sale a matar y El misterio de Alma Rossi. En todas, está presente la figura de Javier Garcés, un autor de cierta fama en América Latina al que le queda muy poco tiempo de vida y entonces prefiere usar ese tiempo asesinando a varios personajes que, según él, le han arruinado vilmente la existencia. Por supuesto, Garcés tiene mucho del propio Bayly—irónico y algo crédulo, de más de cincuenta años—, atributos que obviamente agradecen sus fieles admiradores que siguen cada una de sus novelas e incursiones en la televisión.
 Está última entrega de la trilogía—inspirada, según Bayly, en la del sueco Stieg Larsson—tiene a la ciudad de Buenos Aires como locación central. Allí Garcés encontrará a sus nuevas víctimas: la dueña de una librería del barrio de la Recoleta, un famoso periodista de radio y tv, el propietario de un exclusivo restaurante, un desagradable vecino que suele molestarlo con todo tipo de ruidos (“flatulencias escandalosas”, incluidas), y un actor gay venido a menos y adicto a la cocaína. Todos, por supuesto, curiosos personajes y bien argentinos que son la excusa perfecta para que Garcés-Bayly viva disparatadas aventuras y suelte de paso su ironía corrosiva, en palabras de Bayly:
 “Me llevo bien con los argentinos a pesar de que en Sudamérica tienen fama de pedantes, de presumidos, de mirarnos a los demás por encima del hombro, de no sentirse sudamericanos sino europeos. Todo argentino es un entrenador de la selección de fútbol de su país (y si lo dejan, de la de España también). Todo argentino es presidente de su país (y si lo dejan, dictador de Cuba también). […] Todo argentino es un profeta, un visionario, un iluminado”.
 Hablar de Argentina es también hacerlo de Buenos Aires. En esta capital de un imperio que nunca existió, como bien sentenció André Malraux, la figura de Jorge Luis Borges es mítica. Y Bayly, antes que nada, es un lector. Por eso, hay un momento en la novela que el recuerdo tiene el peso autobiográfico, se convierte en un plano fijo como aquellos que tan bien encontramos en el cine. Esa escena captura gestos, palabras, movimientos que hoy cobran otro sentido, y es el día en que el narrador peruano aún inédito y muy joven se encuentra con Jorge Luis Borges. Ese suceso, contado como real por Bayly en varios reportajes, ocurrió dos años antes de que el escritor argentino muriera en Suiza.
 En general, la nueva novela de Bayly es predecible, aunque no defrauda. En cada capítulo están las entrelíneas y chistes internos que como un código ha establecido el autor peruano a lo largo de su carrera. Mucho de ello, sin duda, se ha fortalecido por el éxito que obtuvieron las adaptaciones cinematográficas de sus novelas—La mujer de mi hermano, No se lo digas a nadie– como por los premios Planeta y Herralde por las novelas—Y de repente, un ángel y La noche es virgen, respectivamente–, dos de los galardones más publicitados de la literatura en español.

                                                                              
                                                                                        Vera

 
 
Review Escupirán sobre mi tumba, Jaime Bayly (TintaFrescaUS) 
 

Monday, September 10, 2012

Bolaño cercano


El lector que a menudo visite las librerías en  los Estados Unidos sabe que la sección en español lentamente ocupa más lugar y los títulos no son siempre de autoayuda, dietas milagrosas o cómo convertirse en un hispano millonario y generoso con la raza humana en tan sólo dos horas y media. En esa variedad de temas y autores hay un inevitable:  Gabriel García Márquez. El otro que se suma  al club es Roberto Bolaño.  Aunque no haya ganado el Nobel como el colombiano, desde su muerte a los cincuenta años de edad el escritor chileno se  ha convertido en  un referente de la literatura universal. Como  sucede en estos casos, las claves no rechazan la complejidad, cierto azar y la simple y concreta  prueba de que  Bolaño es un gran escritor: allí están sus libros, ahora al alcance de la mano.

Edmundo Paz Soldán  sostiene que la calidad de su obra y el personaje, una suerte de Kerouac latinoamericano, un beat a trasmano, lo convirtieron en un autor digerible para el lector estadounidense. Jorge Edwards no se ha cansado de repetir que es un escritor para escritores, confirmando que los autores del Boom no suelen practicar el hábito de la generosidad con todo lo que vino después.
 
Estrella distante como Los detectives salvajes es una novela perfecta en la obra de Roberto Bolaño –
2666  pertenece al género de los grandes libros inconclusos: en el siglo XX  En busca del tiempo perdido acaso sea el ejemplo más conocido –. Son  tan sólo 160 páginas pero ahí está todo: la grotesca pesadilla de las dictaduras latinoamericanas, la unión de literatura y vida como aventura total, el amor bajo sus escurridizas formas, el Mal.
 
 Un aprendiz de escritor en los años del gobierno socialista de Salvador Allende es quien narra la historia.  Concurre al taller  de un poeta de provincia donde conoce a las hermanas Garmendia –a las que desea en silencio – y a un extraño personaje,  Alberto Ruiz-Tagle,  aristócrata  y poco dado a la bohemia y asuntos políticos. Es finales del 72 y el tiempo empieza a oler cargado. En pocos meses la dictadura de Pinochet asume el  poder y el terror se expande por el país.  Ruiz-Tagle continúa con los poemas, esta vez patrióticos y no exentos de violencia, pero ahora los escribe desde y sobre el cielo, con la estela de humo que deja su avión. El joven se ha convertido en un piloto de las fuerzas armadas de Chile y se hace llamar Carlos Wieder. El narrador, mientras tanto, debe exiliarse. En su vagabundeo por Europa las noticias llegan  fragmentarias y oscuras:  compañeros que son ahora  presos políticos, amigos asesinados por  los militares. Y  por supuesto, como un espectro irascible, que asume todo contacto con la realidad, Wieder, una vez más bajo otro cambio de piel.     
 
Recrear una época no es fácil y, mal que pese, es el deber de todo escritor. Lo que hace fascinante Estrella distante es que  Bolaño nunca pareció olvidar este detalle y  en la tarea logró incluir sus pesadillas, el lenguaje, la mitología que es el residuo de la actualidad, hacer de borrosos personajes, hombre y mujeres que serían una nota a pie de página en la historia, la trama y sentido del arte.
 
''Lentamente, por entre las nubes, apareció el avión. Al principio era una mancha no superior al tamaño de un mosquito. Calculé que venía de una base aérea de las cercanías, que tras un periplo aéreo por la costa volvería a su base. Poco a poco, pero sin dificultad, como si planeara en el aire, se fue acercando a la ciudad, confundido entre nubes cilíndricas, que flotaban a gran altura, y las nubes con forma de aguja que eran arrastradas por el viento casi a ras de los techos. (…) Cuando pasó por encima del Centro La Peña el ruido que hizo fue como el de una lavadora estropeada. Desde donde estaba pude ver la figura del piloto y por un instante creí que levantaba la mano y nos decía adiós''.
 
Como ha señalado Rodrigo Fresán, que fue su amigo en España, país donde residió el autor chileno hasta su muerte en el 2003,  Bolaño fue el último de su generación que quiso ser un escritor latinoamericano. El adjetivo, para él, no era complejo de inferioridad.  La solución del enigma en Estrella distante no resuelve el problema. Tal vez ese planteo suspensivo termine de convertir a la novela es un objeto de seducción, una y otra vez. 
 
                                
                                                                                                    Vera



Review Estrella Distante, Roberto Bolaño (El Nuevo Herald)

Sunday, September 2, 2012

Padura en el barrio Chino




Así como por la prosa violenta de los graffitis de las paredes de los baños públicos se podía entender mucho de los rasgos de un país, según el escritor polaco Witold Gombrowicz, tal vez los lectores del futuro encuentren algún sentido en esos mensajes de texto disparados por celulares carísimos fabricados con mano de obra barata china. Y así como las novelas policiales de Raymond Chandler y Dashiell Hammett describen mejor que cualquier manual de historia los tiempos alevosamente corruptos de la Gran Depresión en los Estados Unidos, las obras de Pedro Juan Gutiérrez y Leonardo Padura son implacables postales oscuras del último cuarto de siglo cubano.  Esa literatura considerada injustamente menor por ciertos académicos, escrita con una prosa justísima  y clara, más cercana a la narrativa norteamericana que al barroco de la Isla,  ha dado títulos como Trilogía sucia de La Habana, El insaciable hombre araña, Paisaje de otoño, La neblina del ayer.
 
Pero si el narrador en las novelas de Gutiérrez es una primera persona que se parece (o simula) al autor, Padura es menos obvio y ha creado un personaje lúcido y sensible, el detective Mario Conde. Este hombre cansado de tantas cosas, pero sobre todo de sí mismo, que bebe ron Santiago y ama los libros y las mujeres que lo tratan mal, hoy regresa con una nueva aventura, La cola de la serpiente. Todo empieza con un imagen contundente: el anciano Pedro Cuang aparece ahorcado en su habitación.  Con una navaja le grabaron en el pecho un círculo con dos flechas, y también le han amputado un dedo. Todo esto con el trasfondo del viejo Barrio Chino, que ahora, lejos del antiguo esplendor de teatros y restaurantes, es un lugar sórdido donde se vende cocaína, hay bancos de juego ilícito y fabricas clandestinas de ron y cerveza.
 
Para Conde, aunque haga diez años que trabaje en la policía, éste es su primer “caso chino”. Sabe muy bien que a la muerte extravagante de Cuang se le suma un problema mayor y es el hurgar en una sociedad que actúa como una secta, de códigos e idioma herméticos, y necesita de un aliado para poder romper esa muralla.
 
“Porque si de algo estaba convencido en aquel instante, era que nadie, al menos en el Barrio Chino de La Habana, iba a tomarse el trabajo de dejar aquellas trazas como un simple juego de espejos para despistar a la policía.(...) En realidad, su mayor problema era que todo le parecía extraordinario en la vida de aquellos chinos que vivían en el mismo centro de la ciudad desde hacía más de un siglo y seguían siendo gentes lejanas y distintas, de quienes se conocían con toda certeza apenas dos o tres tópicos inútiles en aquel momento: arroz frito, pomadita china para el dolor de cabeza, el baile del león y la existencia de aquellas películas sin subtítulos, como la que una vez, muchos años atrás, vio el Conde en El Aguila de Oro, rodeado por los aplausos, carcajadas y lágrimas de los espectadores chinos, gozadores pletóricos de un espectáculo para él incomprensible”.   
 
El consumidor de novelas policiales es un lector con estilete, que disecciona desconfiado cada una de las trampas que ha querido construir pacientemente el autor. La suspensión de la incredulidad, como ha escritor Samuel Taylor Coleridge, implica una tarea difícil, un problema activo. En ese contexto,  Padura mantiene el control de la trama con cada nuevo detalle que expone, pero redobla la apuesta con personajes como Patricia y Juan Chion. Y más aún, con el clima extraño – de una nostalgia perturbadora– de La Habana.
 
En La cola de la serpiente, séptima novela protagonizada por el detective más conocido de la literatura cubana, por el que Leonardo Padura ha ganado en varias ocasiones premios como el Café Gijón y el Hammet, y le ha dado traducciones a numerosos idiomas, el autor no defrauda a los seguidores de Conde de aquí y de allá, y sin morderse la cola. 
 
 
 
                                                                                         Vera
 
 
 
 
Review La cola de la serpiente, Leonardo Padura (El Nuevo Herald)
 

Saturday, July 21, 2012

El centenario de un escritor polémico




Con un sucinto pero eficaz título, el obituario de The New York Times manifestaba lo que el escritor argentino significó para millones de lectores en América Latina: “Ernesto Sabato, Argentina’s Conscience, Is Dead at 99”. También con esa afirmación, el periódico norteamericano no hacía otra cosa que poner en relieve el incómodo lugar que para muchos intelectuales representó políticamente la conciencia del autor de Sobre Héroes y Tumbas a lo largo de su extensa vida. Alguna vez secretario de la juventud del Partido Comunista, luego antiperonista, simpatizante de la dictadura de Rafaél Videla, y finalmente ya en la vuelta de la democracia en 1983, elegido por el gobernante Raúl Alfonsín presidente de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (Conadep).

Para un hombre que acostumbró coleccionar semejantes paradojas, no es muy extraño entonces que a pocas semanas de su muerte, este mes se celebre el centenario de su nacimiento. Ernesto Sábato nació en la pequeña ciudad de Rojas, provincia de Buenos Aires, en 1911. Sus padres eran inmigrantes italianos, de ascendencia albanesa. Hasta su vejez conservó una cara de rústica seriedad en que la tristeza a veces pareció otra marca, la silueta muy flaca y unos grandes y sombríos anteojos. 

Fue el penúltimo de once hijos. Nació cuatro días después de morir el hermano que lo precedía y se llamaba como él. Ese hecho marcó su vida para siempre. “Mi madre se  aferró a mí y yo a ella de manera patológica”, alguna vez confesó. El nacimiento del último de los Sábato, Arturo, deparó otro  trágico suceso: lleno de celos, Ernesto intentó matarlo. De esta manera hubo que separarlo de la casa y llevarlo a vivir a otro lugar.  El desprendimiento de su madre originó más dolor. Solo tiempo después, cuando Arturo se salva del tifus, el doctor de la familia encuentra un modo de sanar aquellas heridas del espíritu: Ernesto debe cuidarlo. Así se convirtió en su protector y, con los años, llegó a ser el hermano preferido del autor. 

A diferencia de Borges, Julio Cortázar, Manuel Mujica Láinez o Leopoldo Marechal, escritores inevitables en las letras del Río de la Plata, Ernesto Sábato no tuvo lo que comúnmente se llama  “una formación literaria”. No estudió la carrera de Letras (eligió Física), tampoco a través del periodismo gráfico ganó algo de oficio, y menos fue un traductor o conferenciante profesional. Nunca hubo un plan establecido: su acercamiento se asemejó a un zig zag y como tal lo demoró en publicar su primer libro, Uno y el Universo.

A pesar de esto, en el colegio Nacional de La Plata donde hizo el secundario, el encuentro con un profesor al que todos creían en un primer momento mexicano, constituyó un episodio imborrable en la vida de Sábato. “A medida que pasan los años, ahora que la vida nos ha golpeado como es su norma, a medida que más advertimos nuestras propias debilidades e ignorancias, más se levanta el recuerdo de Pedro Henríquez Ureña, más admiramos y añoramos aquel espíritu supremo”, escribió en Apologías y Rechazos. “Enseñaba el lenguaje con el lenguaje mismo, tal como Hegel afirmaba que se debe enseñar a nadar nadando. Recuerdo cómo nos hacía leer los buenos autores, y cómo paralelamente hacíamos el trabajo de composición”.  

Así descubrió a Dostoiesky, Tolstoy, Chéjov, Ibsen, Hamsun. A esas lecturas adolescentes, según cuenta María Angélica Correa en Genio y Figura de Ernesto Sábato, le siguieron otras que el autor hizo en su madurez: Stendhal, Proust, Kafka, Melville, Hemingway, Faulkner, Twain, Chesterton, Huxley, Rilke y Thomas Mann.

Para cuando ingresa en 1929 a la Facultad de Ciencias Físico-Matemáticas, Sábato ya milita en organizaciones estudiantiles anarquistas. A los dos años, se afilia al Partido Comunista y es nombrado al poco tiempo su secretario. Con ese cargo viajó a Bruselas a un congreso contra el fascismo y la guerra. Una vez en Europa, se pelea con sus compañeros...En la década del ´40 es anti peronista, luego ocupa un cargo en el gobierno seudo radical de Arturo Frondizi. Esta evidente esquizofrenia política es algo que Ernesto Sábato nunca cargó con culpa: sólo intentó darle alguna justificación de circunstancia que pudiese encantar a interolutores dóciles.

Sin embargo, hay un punto que hace herida para muchos con buena memoria en la Argentina, y es el almuerzo que Ernesto Sábato y Jorge Luis Borges compartieron con el dictador Jorge Rafael Videla el miércoles 19 de mayo de 1976. En ese momento, Sábato comentó:"El general Videla me dio una excelente impresión. Se trata de un hombre culto, modesto e inteligente. Me impresionó la amplitud de criterio y la cultura del presidente".

A los dos años de esa declaración, cuando la prensa internacional difundía las atrocidades que ocurrían en la Argentina, Sábato declaró a revista alemana Geo: "La inmensa mayoría de los argentinos rogaba casi por favor que las Fuerzas Armadas tomaran el poder. Todos nosotros deseábamos que se terminara ese vergonzoso gobierno de mafiosos [se refiere al de María Isabel Martínez de Perón, gobierno elegido por votación]. Desgraciadamente, ocurrió que el desorden general, el crimen y el desastre económico eran tan grandes que los nuevos mandatarios no alcanzaban ya a superarlos con los medios de un Estado de derecho ya que los extremistas de izquierda habían llevado a cabo los más infames secuestros y los crímenes monstruosos más repugnantes. Sin duda alguna, en los últimos meses, muchas cosas han mejorado en nuestro país: las bandas terroristas han sido puestas en gran parte bajo control". Poco antes que terminara la dictadura militar,  Gabriel García Márquez señaló que Sábato había justificado el golpe de Videla, a lo que el escritor argentino publicó su descargo en el diario colombiano El Espectador.

Paralelamente a esta escurridiza ideología, Sábato construyó una obra literaria a la que nunca le faltó coherencia. El túnel (1948), Sobre héroes y tumbas (1961) y Abaddón el exterminador (1974) –sus tres libros de ficción –tienen la huella de la literatura rusa de siglo XIX y del existencialismo acuñado por Jean-Paul Sartre y Albert Camus. A este último, el argentino le debe la publicación de El túnel por la editorial Gallimard. En una misiva fechada el 13 de Junio de 1949, el autor francés, que a los pocos años ganaría Premio Nobel de Literatura, le escribe: “Roger Caillois me la hizo leer y me ha gustado mucho la sequedad y la intensidad”. Su bibliografía también incluye ensayos y textos autobiográficos, entre los que se descatan Uno y el universo (1945), Hombres y engranajes (1951), El escritor y sus fantasmas (1963),  Apologías y rechazos (1979),  Antes del fin (1998) y La Resistencia (2000).

Todas sus obras encontraron particularmente eco en los jóvenes y le dieron popularidad. La suya fue una literatura que tomó ideas elaboradas ya con éxito en el pasado y las explayó nuevamente  ante circunstancias impredecibles. En 1984 obtuvo el Premio Cervantes. La muerte de Borges despejó el camino para que Sábato imponga, con la ayuda de los medios de comunicación en un país necesitado de buenas conciencias luego de tenebrosos años de dictadura militar, la imagen de un anciano sabio que  a preguntas agobiantes respondió con desgarrada sensibilidad.

En un momento del documental Ernesto Sábato, mi padre, que realizó su hijo Mario, el autor comenta ante cámara: “Cuando me muera quiero que me velen acá (se refiere a Santos Lugares, zona que vivió desde 1945) para que la gente del barrio pueda acompañarme en este viaje final.Y quiero que me recuerden como un vecino, a veces cascarrabias, pero en el fondo un buen tipo. Es a todo lo que aspiro".


                                                                                                                               
                                                                                                      Vera


                                                                                                             


Centenario Ernesto Sábato (El Nuevo Herald)

Friday, July 13, 2012

Una pionera en la narrativa hispana de Estados Unidos




No sucede todos los días. Una importante empresa de comunicaciones ha lanzado una campaña nacional para ayudar a mejorar el rendimiento académico de los alumnos hispanos. La iniciativa hace énfasis específico en aumentar los índices de graduación de secundaria, preparación preuniversitaria y culminación de los estudios universitarios entre estudiantes. Junto al apoyo de otras fundaciones, se ha sumado el Departamento de Educación de los Estados Unidos. Lo peculiar, lo que da de alguna manera valor agregado a todo ese esfuerzo, es que de las caras visibles para los anuncios de publicidad, esta vez,  se haya incluido entre actores, periodistas y deportistas,  a una escritora.  Y que ella sea Sandra Cisneros.
 
Buena parte de la literatura proveniente de autores hispanos de los Estados Unidos, sea la escrita en español o inglés, sin la aparición de esta novelista y poeta nacida en Chicago, de padres mexicanos, tendría otro lugar en las aulas universitarias y los medios de comunicación: un lugar lleno de lugares comunes, el cliché que tanto disfruta el cine de Hollywood. Y eso, en el mejor de los casos.
 
Su debut en 1984 con The House on Mango Street (La casa en Mango street) era un relato de iniciación, una coming-of-age novel, que vendió dos millones de copias y fue traducida a once idiomas. La novela tuvo un peculiar destino. Primeramente se editó en un pequeño sello,  Arte Público Press. Con el paso de los años y  gracias a fieles lectores  el libro se volvió un pequeño clásico. Así, en 1991 decidió editarla Random House.  De su obra, se destaca también el libro Caramelo que fue seleccionado como Libro del Año por The New York Times, Los Angeles Times, San Francisco Chronicle y Chicago Tribune.
 
Sandra Cisneros vive en  San Antonio, Texas. Divide su tiempo entre la escritura y la docencia. Además tiene la fundación Macondo (su homenaje a Gabriel García Márquez) donde jovenes autores encuentran un lugar propicio para seguir creando.  
 

¿Cómo ve a la comunidad hispana en la actualidad?
 
–Es un momento difícil. Especialmente para los mexicanos y los inmigrantes. Siempre digo que estamos viviendo una etapa fuerte después de las caídas de las Torres Gemelas. Necesitamos más que nunca la fortaleza de nosotros mismos ya que hay mucha  xenofobia. Creo que tenemos que hacer cosas positivas. Yo me hice escritora por mi madre. En mi casa no había libros pero los sueños que mi madre no alcanzó a lograr, yo sí los pude hacer realidad.
 
Trabajó en su primera novela, La casa en Mango Street desde los 21 hasta los 28 años. Cuando finalmente la terminó, ya tenía 30, y se  publicó bajo un sello independiente.  Tuvieron que pasar otros tantos años para que una editorial de las grandes se diera cuenta de la calidad del libro y reeditarla. Es mucho tiempo. Y nunca bajó los brazos. ¿Se imaginó que ese iba a ser el destino de la novela?
 
–La verdad que sí y no. La escribí durante una etapa que me sentía muy impotente. Trabajaba como maestra y el contacto con mis alumnos, en su mayoría gente adulta que volvía a retomar los estudios, era muy fuerte. Ellos tenían problemas y me sentía mal ya que quería cambiar el destino de sus vidas. Cuando volvía a mi casa, luego de escuchar semejantes historias, se hacía muy difícil dormir. En verdad me costaba. Entonces empecé a incluir esas historias dentro de mis escritos. Por supuesto, la memoria hizo el resto. Lo escribí con mi corazón. Creo que lo se haga con él siempre sale bonito. Esas historias que iba tejiendo de noche, semana a semana, han ayudado a mucha gente, a otros alumnos. A todo el mundo.
 
La casa en Mango Street se usa como lectura en las escuelas en el país.
 
–Eso me da la confirmación de la Divina Providencia. Todo tenemos un camino en la vida que debemos seguir. Y si tenemos el valor de escuchar esas luz, nos lleva donde debemos ir. Siempre debemos escuchar a nuestro corazón y hacer el trabajo para otros. Servir a otro en este planeta. Eso lo veo por mi propia experiencia.
 
En Estados Unidos su narrativa ha encontrado lectores y ya forma parte de esa gran biblioteca que es el canon americano. Pero en América Latina, ¿cómo cree que ha sido recibida su obra?
 
–En verdad no sé si me conocen. Viajo mucho a México y cuando lo hago a otros países no lo hago como escritora.
 
Qué reflexiones tiene ante el México actual?
 
–Cuando hago mi meditación a diario me pregunto cómo puedo servir a México. Porque ese país es mi padre y los Estados Unidos es mi madre. Aquí debemos hacer un puente y bajar los muros. Lo intento hacer. Estoy regresando a México en días. En este último viaje en que di dos conferencias me dije que debo ser menos miedosa porque en verdad le tengo miedo a muchas cosas. Soy la más miedosa de las miedosas: a los ratones, la oscuridad, las arañas, los aviones, ciudades grandes, fantasmas. Y aunque me da miedo ir a México, tal vez viajando es la manera de ayudar. Estuve hablando con la gente de los bares, de las iglesias, los taxistas. Esa es la gente que abre su corazón y me deja compartir la vida cotidiana de ese país.  
 
 
A diferencia de otros autores hispanos, en su obra Sandra, aun escrita en inglés, se siente el idioma español muy vivo. ¿Cómo trabaja el lenguaje, es decir, es consciente de ello?
 
–Me cuesta mucho escribir. No hay palabras para las emociones y anécdotas que vivimos a diario los seres humanos. Como escritores, nuestra profesión es encontrar las palabras o inventarlas para comunicar todo lo que pasa en un día. No es fácil. No hay tantas palabras en cualquier idioma para describir lo que nos impacta. Como novelista y poeta trato de ser honesta con lo que digo y veo.  Eso es un trabajo muy difícil. La verdad, creo  que la gente cuando le pasa algo feo, evita pensarlo, lo contrario a los escritores que vivimos nuestra vida haciéndolo, pensando lo que hubiéramos dicho, lo que hubiéramos hecho. Es una manera de meditar, ser monja en un monasterio. Me hubiera gustado ser cantante o una bailarina, algo más alegre, pero este es mi oficio.
 
 
 
                                                                                                   Vera
 
 
 
Entrevista Sandra Cisneros (El Nuevo Herald)