Friday, February 27, 2015
Tuesday, February 10, 2015
La señora Martha Lynch
Hay
muertes que quedan en un tiempo como suspendidas. Esos hombre y
mujeres están muertos, se entiende, pero se alojan imposibles
en la memoria. No hablo de qué se estaba
haciendo el día que mataron a Kennedy o cuando derrumbaron las
Torres Gemelas. Hablo de una muerte que se lleva algo de uno. Es
difícil explicarlo, no sabemos muy bien cómo transmitirlo. Pero
así sucede: las palabras llegan siempre hasta ahí nomás.
Marta
Lynch decía que el ocho
de octubre cumpliría 54 años.
En
esa mentira había algo más que un rasgo de coquetería. El gesto
era otro simulacro para acomodarse a una realidad como había sido
adoptar el apellido de su segundo marido –su nombre completo era
Marta Lia Frigerio– un abogado perteneciente a la clase alta.
Lynch sonaba más sofisticado que un apellido español o italiano
para el esnobismo siempre presente de Buenos Aires.
Lo
mismo hizo con sus ideas políticas: a un tiempo apoyó al presidente
Arturo Frondizi, a otro el regreso de Juan Domingo Perón; a otro la
guerrilla, después la dictadura militar –Guerra de las Malvinas
incluida– para
hacer un lugar finalmente en la primavera democrática de Raúl
Alfonsín en la década de los '80.
De
cualquier forma, Marta Lynch estaba desnuda. En sus libros, a pesar
de haber llegado al gusto de la clase media,
el
anhelo de querer ser otro –en este caso un autor de prestigio–
nunca había convencido a los escritores que admiraba como Manuel
Mujica Láinez, Bioy Casares, Borges –por supuesto–, Silvina
Ocampo. Hizo lo imposible para acercarse a ellos como el que busca
afecto, siempre en el lugar equivocado.
En
1962 con La
alfombra roja,
su debut literario, ganó el premio Fabril. La escritora María
Angélica Bosco, además de jurado en el concurso, era su amiga.
“Marta era inquietante. Me desconcertaba su conflictiva
personalidad”. El argumento de la obra gira en torno a las
vicisitudes de un político que llega a la presidencia, resaltando un
clima de corrupción moral.
En busca de prestigio también le escribió a Witold Gombrowicz –el
escritor polaco hacía algunos años que había regresado a Europa,
luego de un exilio voluntario de 24 años en la Argentina. En su
correspondencia a Juan Carlos Gómez –“Goma”–, el 5 de agosto
de 1963 le ordena:
“Póngase
en contacto con Marta Lynch, Madero 22, Vicente López. Autora de una
novela premiada “La alfombra roja”, edad 30, casada o soltera, me
escribió una carta dramática diciéndome que justamente cuando ella
después de terribles vacilaciones se animó a acercarse al genio, el
genio se fue. Leyó Ferdy (Ferdydurke),
La Porno (La
pornografía)
y el pedazo de Diario (Diario
argentino)
sobre Retiro. Me ama? Parece inteligente y simpática, puede ser que
Ud. Goma tendrá una buena compañera para charlas interminables
sobre mí –es curiosísima en cada detalle–, escríbale que yo le
pedí que sea ante ella algo así como mi embajador
plenipotenciario”.
En
otra carta a su amigo “Goma”, ya del 12 de agosto, el inefable
polaco cree que por su verdadero apellido la joven novelista es
pariente de un conocido político: “Si es hermana de Frigerio debe
ser boludísima, aunque pueda ser que no lo es”.
En
otra fechada el 5 de octubre, el autor de Cosmos
da por terminado el tema: “La novela de la Lynch resultó ilegible
–no le diga esto, sabe– y con furia meditaba qué es lo que tengo
que contestar, por fin le escribí unas palabras, que tuvo una idea
horrible mandándomela pues el hecho que se declaró mi ADMIRADORA me
impide cualquier elogio y que en general me da lo mismo si la novela
es buena o mala”. Un buen equilibrista Witoldo.
Aunque
en mi casa había algunos libros de Martha Lynch, su recuerdo viene
por otro lado. Una de sus novelas más populares, La
señora Ordoñez,
había sido adaptada para la televisión. A la tira la daban por el
canal público y con un elenco de buenos actores. En el papel
principal estaba Luisina Brando que hacía algunos años había
estado perfecta en la versión cinematográfica de la novela de
Manuel Puig, Boquitas
pintadas.
Ese trabajo como el de Lynch mantienen un diálogo: el rol de la
mujer en una sociedad machista, el choque de clases, los años
anteriores a la llegada del peronismo, para entrar luego de lleno en
él.
Marta Lynch dejó sobre el escritorio una última nota a su marido:
“Te amo. Te amo. Te amo, pero no puedo soportar esta prisión, no
puedo soportar esta vida”. Se paró delante del espejo y con el
revólver apoyado en la cabeza, apretó el gatillo.
Cuando su amigo, el escritor Jorge Asís, se enteró de su muerte,
confesó: “La mataron un poco todos los que adoptaban un tono de
perdonavidas para referirse a ella. Hace unos cuatro años se vino
abajo físicamente y no lo pudo resistir. Yo les hubiera hecho un
corte de mangas, pero ella se tomaba la vida y la literatura
demasiado en serio”.
Bioy
Casares escribió en una entrada de su diario Descanso
de caminantes:
“Martha
Lynch se suicidó de un balazo, en la noche del 8 al 9 de octubre de
1985. Todo el mundo se preguntaba por qué lo habría hecho. Mi amiga
me dijo: “Pobre, lo más triste es que se suicidó por vanidad”.
En todo caso, porque el paso del tiempo la entristecía y la vejez la
asustaba. Se había hecho numerosas operaciones de cirugía estética,
sin buen resultado. La gente la quería, la veía como una persona
vital y fuerte; todo el mundo parecía desconsolado. En cuanto a mí,
me quedó, como tantas veces pasa, una sensación de culpa”.
“¿Por
qué nunca la habré invitado a almorzar? (Me pidió que lo hiciera).
Por pereza, nomás, pero ahora siento que nunca le concedí mucha más
atención que la de unas palmaditas afectuosas. (…) Parece que el
marido se enteró de que Marta había comprado un revólver. Consultó
qué hacer con un experto, Alberto Girri, al que se le suicidó
Leonor Vassena. Girri dictaminó: “Nada, no hagas nada. Aunque
escondas o tires el revólver, si quiere suicidarse va a suicidarse”.
El marido siguió el consejo y esa noche Marta se pegó el tiro”.
Vera
Perfil Marta Lynch, Suburbano.net
Friday, January 23, 2015
Wednesday, January 7, 2015
La voz cubana: Alexis Romay
James
Joyce lo hizo con Dublín, Jorge Luis Borges con Buenos Aires, y
Guillermo Cabrera Infante con La Habana: construir una ciudad dorada
desde la distancia que da la adultez. En Tres
tristes tigres la
metrópoli cubana es un territorio mítico, puerto cosmopolita,
entrada y salida de aventureros, artistas, criminales. Hay un
contrabando de ideas que se celebra. La
apertura cubana,
de Alexis Romay, también edifica un vínculo muy íntimo con su
ciudad.
La novela comienza
de una manera vertiginosa, en sintonía con la claridad de su prosa:
un avión de línea es secuestrado y desviado hacia la Isla. Es el
año 1996. Las autoridades someten a interrogatorio a una mujer
–padre cubano, madre norteamericana–. La transcripción de esa
confesión escurridiza –a la mujer se le antoja decir lo que
quiere– se mezcla con las entradas de un diario de una muchacha
habanera de nombre La Camilita durante la década de los '80.
Aunque
La
apertura cubana sea
literatura, en el modo que es un obra escrita para sostenerse en el
papel, es una novela oral. “Esto no es nada comparado con lo que
vas a escuchar”, uno de los epígrafes del trabajo, tomado de Las
mil y una noches, señala
las
coordenadas de lectura. Así, en un momento de las letras que se
tiende a escribir en un español estándar, la lengua popular es un
recurso que utiliza el autor para mover cómodamente los destinos de
los personajes.
Y aquí un detalle
para nada menor: Romay tiene una sensibilidad para captar la voz de
las mujeres, pero también lo que se esconde detrás de ella: la
sutileza de la psique femenina. Tamaña empresa, sin duda, la de
Alexis, ya que tantos autores han resbalado en esa intención
provocando una serie de lugares comunes irresistibles. Hay ejemplos
distintos, sin embargo, como los de Manuel Puig, Tomás Eloy Martínez
o Antonio Orlando Rodríguez.
“¿Quieres
que te haga el cuento de la buena pipa? Me alegra que no lo quieras
escuchar, porque te tengo uno mejor y más macabro y que comienza
así: la primera (y espero que la última) vez que esta que viste y
calza durmió entre rejas, en una estación de policía, fue el
sábado de la semana pasada. Eso de dormir es una artimaña
narrativa, Esporádico. No pude pegar un ojo en toda la noche”,
escribe La Camilita en una entrada del 1 de febrero de 1987.
Si
La apertura cubana es
ante todo una novela de la lengua, esa seña particular se hace
evidente al contraponer las voces de las protagonistas. En la
declaración de la mujer secuestrada, escuchamos: “Sí,
mi madre participó como voluntaria de las brigadas Venceremos, y
trabajó en un par de provincias e igual número de campamentos, pero
a mí no me incrimine con sus creencias ideológicas, –debería
decir religiosas, que la ideología es una religión, como otra
cualquiera–que yo no tengo nada que ver con eso: recuerde que su
aventura cubana ocurrió en 1969, cuando yo todavía no había
nacido”.
Los dos discursos, a
la vez, gravitan en lo íntimo y en lo general en la realidad del
régimen cubano: la represión, las fiestas salvajes, las charlas a
la medianoche, el rock argentino, el ajedrez, el vino, humo de
rebeldía. Más allá de las palabras –y en ellas– el lector se
preguntará cómo esas dos vidas aparentemente distantes, finalmente,
pueden unirse. Bajo la escritura de Alexis Romay el enigma seduce,
como Scheherazade al lector.
Review La apertura cubana, de Alexis Romay, El Nuevo Herald
Sunday, January 4, 2015
Friday, December 12, 2014
Haruki Murakami, entre hombres y mujeres
“Hay
una superstición escandinava que se repite todos los años…”,
bromeaba Jorge Luis Borges sobre su eterna candidatura al Premio
Nobel de Literatura. Número fijo en la lista de autores favoritos a
conseguir la distinción sueca– como el argentino que finalmente no
lo consiguió–, Haruki Murakami (Kioto, 1949) es una figura con
sensibilidad pop y aura de celebrity
en
el mundo de la literatura actual. Cada uno de sus libros se espera
como un film de Hollywood, de esos que tienen muchas sagas y se
consumen rápidamente.
Lo
nuevo de Murakami es un volumen de siete relatos, Hombres
sin mujeres.
Título simple y directo –homenaje a un libro del mismo nombre
publicado
por Ernest Hemingway en 1927–
como su prosa que llega al lector traducida al inglés o español, ya
que el autor únicamente escribe en japonés.
Por
si hubiera duda de qué va el ADN literario de Murakami, en este
trabajo se afianzan sus obsesiones como quien repite una y otra vez
las canciones favoritas en el iPod: los enigmas que encierran a dos
personas que se aman y creen –al menos mientras dure el hechizo–
en la eternidad de su pasión; la soledad como una de las más
tristes enfermedades en el mundo tecnológico y “civilizado” del
siglo XXI; las referencias a la música pop, en especial la de los
Beatles.
En
“Kino”,
“Samsa enamorado”, “Sherezade” o “Drive
My Car” y
“Yesterday”
–sí,
ambas con el mismo título que las canciones de los cuatro de
Liverpool, recurso que también utilizó en su novela Norwegian
Wood),
Murakami reflexiona sobre esto temas a veces con una dulce
melancolía y otras con sentido común inteligente, manifestando
cierta cortesía al lector, fortaleciendo un vínculo personal.
“Pensar
separadamente en los hombres y las mujeres no es algo que suela hacer
a diario. Apenas nota diferencias en las competencias en función del
sexo. Su profesión lo obliga a trabajar con el mismo número de
mujeres que de hombres y, de hecho, se siente más cómodo al
trabajar con ellas. Por lo general, están atentas a los detalles y
saben escuchar. Pero, en lo que concierne a conducir, cuando se sube
en un coche pilotado por una mujer, en ningún momento deja de ser
consciente de que es una de ellas la que lleva el volante. Esta
opinión, sin embargo, nunca se la ha expresado a nadie. No le parece
un tema apropiado para hablar con los demás”, reflexiona el
narrador de “Drive My Car”.
En
este cuento con título
beatle
Kafuku,
un
actor maduro de cierto prestigio, contrata a una joven chófer para
conducir su Saab 900 amarillo. En algún momento el empleado se
volverá confidente y suerte de amuleto para exorcizar viejos
espectros. En
“Yesterday”, un estudiante
de la Universidad de Waseda (Soudai), que tiene como part
time trabajar
en un bar, conoce a uno muchacho de Tokio. Ese encuentro producirá
un choque de clases que deviene en un duelo de amor. En “Samsa
enamorado”, tal vez el mejor del volumen, el protagonista es el de
“La
metamorfosis”, el clásico relato de Kafka.
Así, por invención de Murakami,
el insecto se transforma en un ser humano. No sólo hay un cambio de
identidad: el autor traslada la Praga de principios del siglo XX a la
Praga sitiada por el ejército soviético en 1968.
“Sólo
los hombres sin mujeres saben cuán doloroso es, cuánto se sufre por
ser un hombre sin mujer”, escribe Haruki Murakami, y la sentencia
queda suspendida en el aire.
Vera
Review Hombres sin mujeres, Haruki Murakami, El Nuevo Herald
Tuesday, November 25, 2014
Pablo Brescia, los lugares de la ficción
Con
la distancia impiadosa que dan los años, Se
habla español
resiste una relectura. La obra, editada en el último año del siglo
pasado, reunía los trabajos de autores hispanos menores de 40 años
que vivían en los Estados Unidos. En esa lista había escritores con
apenas un libro y otros que aún jóvenes ostentaban una
incontinencia editorial... Allí convivían nombres que han llegado
saludables –y premiados– hasta el 2015: Junot Díaz, Jorge
Volpi, Jorge Franco, Mayra Santos, Ilán Stavans, Edmundo Paz Soldán
y Alberto Fuguet.
Ese libro incluía a
Pablo Brescia, un autor argentino que vive desde 1986 en Estados
Unidos. Como varios de los escritores de la antología, Brescia ha
seguido publicando libros que tienen una conexión con el mundo que
lo rodea. Ese mundo es este país, Argentina o México como también
otros más difusos, con un español a veces fronterizo –como el que
se escribe en la otra América, que es ésta– que le dan al lector
un genuino placer intelectual y emocional.
Brescia
es autor, entre otras obras, de La
apariencia de las cosas
(1997), el libro de textos híbridos No
hay tiempo para la poesía
(2011) –este último con el pseudónimo de Harry Bimer–, como de
los de crítica Modelos
y prácticas en el cuento hispanoamericano: Arreola, Borges, Cortázar
(2011)
y
Borges múltiple: cuentos y ensayos de cuentistas
(1999).
Ahora,
el escritor edita Fuera
de lugar,
una colección de historias en que el núcleo de su drama está en la
tensión entre hombres y mujeres, en ese punto de inflexión que
nunca se desata.
En
muchos de los cuentos trabajas el género fantástico. El Río de la
Plata tiene una excelente tradición al respecto (Silvina Ocampo,
Borges, Bioy, Cortázar, Mujica Láinez, sólo por nombrar algunos).
En ese sentido, ¿la narrativa argentina ha sido vital para tu
educación literaria?
Para
mí la mención de lo fantástico evoca, por un lado, la imaginación
que trabaja a contrapelo de lo mimético y, por el otro, la
problematización del discurso literario para plantear cuestiones de
límites, desestabilizaciones y zonas híbridas. Como lector
(resignado) de mis textos, me veo menos cerca de lo fantástico
clásico y más cerca de lo raro y extraño. Menos cerca de Borges,
Bioy o Cortázar y más cerca de Silvina, digamos. Además, tengo
como referentes a otros escritores como Augusto Monterroso o Virgilio
Piñera, por ejemplo. La narrativa argentina es importante para mí,
pero como lector o escritor no me siento afiliado a ninguna tradición
nacional.
A
diferencia de tus anteriores trabajos en Fuera
de lugar
el paisaje de Estados Unidos está muy presente.
Luego
de la publicación de mi primer libro La
apariencia de las cosas (1997), un
comentario me quedó grabado. “Es curioso”, me dijo un lector,
“en estos cuentos, tu contexto está borrado”. Nunca olvidé esa
frase. Creo que Fuera de lugar
intenta llenar desde la literatura ese vacío vital y contextual. El
libro se divide en dos partes: “Lugar”, con seis cuentos que
transcurren en diversos puntos de Estados Unidos, y “Fuera”, con
otros seis cuentos que no se anclan en un sitio preciso. Me parece
que la palabra que elegiste es adecuada: Estados Unidos es una
paisaje para estos personajes, una superficie sobre la cual ellos y
sus historias se deslizan buscando una señal… Bueno, ¡mejor que
los lectores recorran esa superficie!
Como
bien indica el título del libro, los personajes pisan terreno
movedizo en el mundo. Hay una intención de ellos de aferrarse a
algo. Pero a la vez, no hay nostalgia por “un paraíso dejado
atrás”.
Me
interesaba utilizar la descolocación como metáfora que uniera los
relatos sin hacerlos predecibles ni efectistas. La intención era que
cada texto planteara una búsqueda. Creo que ese deseo explica en
parte que haya tanto viajero en Fuera de
lugar. Por eso, como dices, las arenas
son movedizas: frente a los paradigmas del “sueño americano” o
incluso de la políticas identitarias de ciertos latinoamericanismos,
quería plantear aventuras y sondeo más modestos. Por eso, el
intento de aferrarse a algo por parte de los personajes prescinde de
las grandes narrativas y se ata en cambio a un libro, a un recuerdo,
a un tren. Aunque me dicen que los relatos son melancólicos, me
parece que evaden la nostalgia. No hay paraísos en la literatura;
todo tiempo pasado fue peor.
Eres
también profesor y crítico literario. En EE.UU. el español es el
segundo idioma. Así y todo, ¿cómo sientes el lugar que tiene la
narrativa escrita en castellano en este país?
El
español aquí tiene su peso como seña de identidad, pero carece de
fuerza política transformadora o de prestigio cultural, incluso en
los departamentos académicos de los Estados Unidos. Por otra parte,
y volviendo a la narrativa en español en este país, está creciendo
en producción y en canales de difusión. No estoy seguro de que esté
creciendo en lectores y lecturas. En ciertos casos hay muchas ansias
por publicar y menos dedicación a la escritura. Son los tiempos que
corren. No sé si un escritor en estos días podría “sobrevivir”
(en términos de éxito, relevancia, conexiones, status literario) un
espacio de 15 años entre libros, como me pasó a mí. Pondero, no
obstante, todo el esfuerzo que se hace desde Nueva York, desde Miami,
desde California, para activar el fuego sagrado de las letras. La
dedicación a la lectura y la escritura es parecido a ser hincha de
un club de fútbol; se sigue al equipo o a la literatura hasta el
final, ganes o pierdas.
Has
escrito también sobre el cine y la relación con autores
latinoamericanos como Borges y García Márquez. ¿Has pensado en
escribir sobre Manuel Puig, un autor que tuvo una relación muy
estrecha con la cultura de Estados Unidos, además de vivir por
varios años aquí?
Con
Puig tengo una relación de admiración y, como con Borges, de
distancia. Creo que el tono y la perspectiva que manejaba son
inigualables, pero también creo que sus novelas están muy marcadas
por la época y por su trasfondo personal. Creo que El
beso de la mujer araña es una gran
novela de y sobre cine. Como bien dices, escribí algunas cosas sobre
la relación literatura-cine. Me gusta mucho el cine; me gusta pensar
el cine como máquina narrativa y, desde ahí, le veo la relación
con los problemas que plantea contar bien una ficción, que es lo más
difícil y lo que más me interesa.
Vera
Entrevista Pablo Brescia, El Nuevo Herald
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