Tuesday, February 10, 2015

La señora Martha Lynch




Hay muertes que quedan en un tiempo como suspendidas. Esos hombre y mujeres están muertos, se entiende, pero se alojan imposibles en la memoria. No hablo de qué se estaba haciendo el día que mataron a Kennedy o cuando derrumbaron las Torres Gemelas. Hablo de una muerte que se lleva algo de uno. Es difícil explicarlo, no sabemos muy bien cómo transmitirlo. Pero así sucede: las palabras llegan siempre hasta ahí nomás.

Marta Lynch decía que el ocho de octubre cumpliría 54 años. En esa mentira había algo más que un rasgo de coquetería. El gesto era otro simulacro para acomodarse a una realidad como había sido adoptar el apellido de su segundo marido –su nombre completo era Marta Lia Frigerio– un abogado perteneciente a la clase alta. Lynch sonaba más sofisticado que un apellido español o italiano para el esnobismo siempre presente de Buenos Aires.

Lo mismo hizo con sus ideas políticas: a un tiempo apoyó al presidente Arturo Frondizi, a otro el regreso de Juan Domingo Perón; a otro la guerrilla, después la dictadura militar –Guerra de las Malvinas incluida– para hacer un lugar finalmente en la primavera democrática de Raúl Alfonsín en la década de los '80.

De cualquier forma, Marta Lynch estaba desnuda. En sus libros, a pesar de haber llegado al gusto de la clase media, el anhelo de querer ser otro –en este caso un autor de prestigio– nunca había convencido a los escritores que admiraba como Manuel Mujica Láinez, Bioy Casares, Borges –por supuesto–, Silvina Ocampo. Hizo lo imposible para acercarse a ellos como el que busca afecto, siempre en el lugar equivocado.

En 1962 con La alfombra roja, su debut literario, ganó el premio Fabril. La escritora María Angélica Bosco, además de jurado en el concurso, era su amiga. “Marta era inquietante. Me desconcertaba su conflictiva personalidad”. El argumento de la obra gira en torno a las vicisitudes de un político que llega a la presidencia, resaltando un clima de corrupción moral.

En busca de prestigio también le escribió a Witold Gombrowicz –el escritor polaco hacía algunos años que había regresado a Europa, luego de un exilio voluntario de 24 años en la Argentina. En su correspondencia a Juan Carlos Gómez –“Goma”–, el 5 de agosto de 1963 le ordena:

Póngase en contacto con Marta Lynch, Madero 22, Vicente López. Autora de una novela premiada “La alfombra roja”, edad 30, casada o soltera, me escribió una carta dramática diciéndome que justamente cuando ella después de terribles vacilaciones se animó a acercarse al genio, el genio se fue. Leyó Ferdy (Ferdydurke), La Porno (La pornografía) y el pedazo de Diario (Diario argentino) sobre Retiro. Me ama? Parece inteligente y simpática, puede ser que Ud. Goma tendrá una buena compañera para charlas interminables sobre mí –es curiosísima en cada detalle–, escríbale que yo le pedí que sea ante ella algo así como mi embajador plenipotenciario”.

En otra carta a su amigo “Goma”, ya del 12 de agosto, el inefable polaco cree que por su verdadero apellido la joven novelista es pariente de un conocido político: “Si es hermana de Frigerio debe ser boludísima, aunque pueda ser que no lo es”.

En otra fechada el 5 de octubre, el autor de Cosmos da por terminado el tema: “La novela de la Lynch resultó ilegible –no le diga esto, sabe– y con furia meditaba qué es lo que tengo que contestar, por fin le escribí unas palabras, que tuvo una idea horrible mandándomela pues el hecho que se declaró mi ADMIRADORA me impide cualquier elogio y que en general me da lo mismo si la novela es buena o mala”. Un buen equilibrista Witoldo.

Aunque en mi casa había algunos libros de Martha Lynch, su recuerdo viene por otro lado. Una de sus novelas más populares, La señora Ordoñez, había sido adaptada para la televisión. A la tira la daban por el canal público y con un elenco de buenos actores. En el papel principal estaba Luisina Brando que hacía algunos años había estado perfecta en la versión cinematográfica de la novela de Manuel Puig, Boquitas pintadas. Ese trabajo como el de Lynch mantienen un diálogo: el rol de la mujer en una sociedad machista, el choque de clases, los años anteriores a la llegada del peronismo, para entrar luego de lleno en él.

Marta Lynch dejó sobre el escritorio una última nota a su marido: “Te amo. Te amo. Te amo, pero no puedo soportar esta prisión, no puedo soportar esta vida”. Se paró delante del espejo y con el revólver apoyado en la cabeza, apretó el gatillo.

Cuando su amigo, el escritor Jorge Asís, se enteró de su muerte, confesó: “La mataron un poco todos los que adoptaban un tono de perdonavidas para referirse a ella. Hace unos cuatro años se vino abajo físicamente y no lo pudo resistir. Yo les hubiera hecho un corte de mangas, pero ella se tomaba la vida y la literatura demasiado en serio”.

Bioy Casares escribió en una entrada de su diario Descanso de caminantes:

Martha Lynch se suicidó de un balazo, en la noche del 8 al 9 de octubre de 1985. Todo el mundo se preguntaba por qué lo habría hecho. Mi amiga me dijo: “Pobre, lo más triste es que se suicidó por vanidad”. En todo caso, porque el paso del tiempo la entristecía y la vejez la asustaba. Se había hecho numerosas operaciones de cirugía estética, sin buen resultado. La gente la quería, la veía como una persona vital y fuerte; todo el mundo parecía desconsolado. En cuanto a mí, me quedó, como tantas veces pasa, una sensación de culpa”.

¿Por qué nunca la habré invitado a almorzar? (Me pidió que lo hiciera). Por pereza, nomás, pero ahora siento que nunca le concedí mucha más atención que la de unas palmaditas afectuosas. (…) Parece que el marido se enteró de que Marta había comprado un revólver. Consultó qué hacer con un experto, Alberto Girri, al que se le suicidó Leonor Vassena. Girri dictaminó: “Nada, no hagas nada. Aunque escondas o tires el revólver, si quiere suicidarse va a suicidarse”. El marido siguió el consejo y esa noche Marta se pegó el tiro”.



                                                                                                              Vera


Perfil Marta Lynch, Suburbano.net

Wednesday, January 7, 2015

La voz cubana: Alexis Romay

James Joyce lo hizo con Dublín, Jorge Luis Borges con Buenos Aires, y Guillermo Cabrera Infante con La Habana: construir una ciudad dorada desde la distancia que da la adultez. En Tres tristes tigres la metrópoli cubana es un territorio mítico, puerto cosmopolita, entrada y salida de aventureros, artistas, criminales. Hay un contrabando de ideas que se celebra. La apertura cubana, de Alexis Romay, también edifica un vínculo muy íntimo con su ciudad.

La novela comienza de una manera vertiginosa, en sintonía con la claridad de su prosa: un avión de línea es secuestrado y desviado hacia la Isla. Es el año 1996. Las autoridades someten a interrogatorio a una mujer –padre cubano, madre norteamericana–. La transcripción de esa confesión escurridiza –a la mujer se le antoja decir lo que quiere– se mezcla con las entradas de un diario de una muchacha habanera de nombre La Camilita durante la década de los '80.

Aunque La apertura cubana sea literatura, en el modo que es un obra escrita para sostenerse en el papel, es una novela oral. “Esto no es nada comparado con lo que vas a escuchar”, uno de los epígrafes del trabajo, tomado de Las mil y una noches, señala las coordenadas de lectura. Así, en un momento de las letras que se tiende a escribir en un español estándar, la lengua popular es un recurso que utiliza el autor para mover cómodamente los destinos de los personajes.

Y aquí un detalle para nada menor: Romay tiene una sensibilidad para captar la voz de las mujeres, pero también lo que se esconde detrás de ella: la sutileza de la psique femenina. Tamaña empresa, sin duda, la de Alexis, ya que tantos autores han resbalado en esa intención provocando una serie de lugares comunes irresistibles. Hay ejemplos distintos, sin embargo, como los de Manuel Puig, Tomás Eloy Martínez o Antonio Orlando Rodríguez.

¿Quieres que te haga el cuento de la buena pipa? Me alegra que no lo quieras escuchar, porque te tengo uno mejor y más macabro y que comienza así: la primera (y espero que la última) vez que esta que viste y calza durmió entre rejas, en una estación de policía, fue el sábado de la semana pasada. Eso de dormir es una artimaña narrativa, Esporádico. No pude pegar un ojo en toda la noche”, escribe La Camilita en una entrada del 1 de febrero de 1987.

Si La apertura cubana es ante todo una novela de la lengua, esa seña particular se hace evidente al contraponer las voces de las protagonistas. En la declaración de la mujer secuestrada, escuchamos: “Sí, mi madre participó como voluntaria de las brigadas Venceremos, y trabajó en un par de provincias e igual número de campamentos, pero a mí no me incrimine con sus creencias ideológicas, –debería decir religiosas, que la ideología es una religión, como otra cualquiera–que yo no tengo nada que ver con eso: recuerde que su aventura cubana ocurrió en 1969, cuando yo todavía no había nacido”.

Los dos discursos, a la vez, gravitan en lo íntimo y en lo general en la realidad del régimen cubano: la represión, las fiestas salvajes, las charlas a la medianoche, el rock argentino, el ajedrez, el vino, humo de rebeldía. Más allá de las palabras –y en ellas– el lector se preguntará cómo esas dos vidas aparentemente distantes, finalmente, pueden unirse. Bajo la escritura de Alexis Romay el enigma seduce, como Scheherazade al lector.




                                                                                                                 
                                                                                                                                                                                                                                                                                                                Vera



Review La apertura cubana, de Alexis Romay, El Nuevo Herald

Friday, December 12, 2014

Haruki Murakami, entre hombres y mujeres

Hay una superstición escandinava que se repite todos los años…”, bromeaba Jorge Luis Borges sobre su eterna candidatura al Premio Nobel de Literatura. Número fijo en la lista de autores favoritos a conseguir la distinción sueca– como el argentino que finalmente no lo consiguió–, Haruki Murakami (Kioto, 1949) es una figura con sensibilidad pop y aura de celebrity en el mundo de la literatura actual. Cada uno de sus libros se espera como un film de Hollywood, de esos que tienen muchas sagas y se consumen rápidamente.

Lo nuevo de Murakami es un volumen de siete relatos, Hombres sin mujeres. Título simple y directo –homenaje a un libro del mismo nombre publicado por Ernest Hemingway en 1927 como su prosa que llega al lector traducida al inglés o español, ya que el autor únicamente escribe en japonés.

Por si hubiera duda de qué va el ADN literario de Murakami, en este trabajo se afianzan sus obsesiones como quien repite una y otra vez las canciones favoritas en el iPod: los enigmas que encierran a dos personas que se aman y creen –al menos mientras dure el hechizo– en la eternidad de su pasión; la soledad como una de las más tristes enfermedades en el mundo tecnológico y “civilizado” del siglo XXI; las referencias a la música pop, en especial la de los Beatles.

En “Kino”, “Samsa enamorado”, “Sherezade” o “Drive My Car” yYesterday” –sí, ambas con el mismo título que las canciones de los cuatro de Liverpool, recurso que también utilizó en su novela Norwegian Wood), Murakami reflexiona sobre esto temas a veces con una dulce melancolía y otras con sentido común inteligente, manifestando cierta cortesía al lector, fortaleciendo un vínculo personal.

Pensar separadamente en los hombres y las mujeres no es algo que suela hacer a diario. Apenas nota diferencias en las competencias en función del sexo. Su profesión lo obliga a trabajar con el mismo número de mujeres que de hombres y, de hecho, se siente más cómodo al trabajar con ellas. Por lo general, están atentas a los detalles y saben escuchar. Pero, en lo que concierne a conducir, cuando se sube en un coche pilotado por una mujer, en ningún momento deja de ser consciente de que es una de ellas la que lleva el volante. Esta opinión, sin embargo, nunca se la ha expresado a nadie. No le parece un tema apropiado para hablar con los demás”, reflexiona el narrador de “Drive My Car”.

En este cuento con título beatle Kafuku, un actor maduro de cierto prestigio, contrata a una joven chófer para conducir su Saab 900 amarillo. En algún momento el empleado se volverá confidente y suerte de amuleto para exorcizar viejos espectros. En “Yesterday”, un estudiante de la Universidad de Waseda (Soudai), que tiene como part time trabajar en un bar, conoce a uno muchacho de Tokio. Ese encuentro producirá un choque de clases que deviene en un duelo de amor. En “Samsa enamorado”, tal vez el mejor del volumen, el protagonista es el de “La metamorfosis”, el clásico relato de Kafka. Así, por invención de Murakami, el insecto se transforma en un ser humano. No sólo hay un cambio de identidad: el autor traslada la Praga de principios del siglo XX a la Praga sitiada por el ejército soviético en 1968.

Sólo los hombres sin mujeres saben cuán doloroso es, cuánto se sufre por ser un hombre sin mujer”, escribe Haruki Murakami, y la sentencia queda suspendida en el aire.


                                                                                                             Vera


Review Hombres sin mujeres, Haruki Murakami, El Nuevo Herald


Tuesday, November 25, 2014

Pablo Brescia, los lugares de la ficción





Con la distancia impiadosa que dan los años, Se habla español resiste una relectura. La obra, editada en el último año del siglo pasado, reunía los trabajos de autores hispanos menores de 40 años que vivían en los Estados Unidos. En esa lista había escritores con apenas un libro y otros que aún jóvenes ostentaban una incontinencia editorial... Allí convivían nombres que han llegado saludables –y premiados– hasta el 2015: Junot Díaz, Jorge Volpi, Jorge Franco, Mayra Santos, Ilán Stavans, Edmundo Paz Soldán y Alberto Fuguet.

Ese libro incluía a Pablo Brescia, un autor argentino que vive desde 1986 en Estados Unidos. Como varios de los escritores de la antología, Brescia ha seguido publicando libros que tienen una conexión con el mundo que lo rodea. Ese mundo es este país, Argentina o México como también otros más difusos, con un español a veces fronterizo –como el que se escribe en la otra América, que es ésta– que le dan al lector un genuino placer intelectual y emocional.

Brescia es autor, entre otras obras, de La apariencia de las cosas (1997), el libro de textos híbridos No hay tiempo para la poesía (2011) –este último con el pseudónimo de Harry Bimer–, como de los de crítica Modelos y prácticas en el cuento hispanoamericano: Arreola, Borges, Cortázar (2011) y Borges múltiple: cuentos y ensayos de cuentistas (1999).

Ahora, el escritor edita Fuera de lugar, una colección de historias en que el núcleo de su drama está en la tensión entre hombres y mujeres, en ese punto de inflexión que nunca se desata.



En muchos de los cuentos trabajas el género fantástico. El Río de la Plata tiene una excelente tradición al respecto (Silvina Ocampo, Borges, Bioy, Cortázar, Mujica Láinez, sólo por nombrar algunos). En ese sentido, ¿la narrativa argentina ha sido vital para tu educación literaria?

Para mí la mención de lo fantástico evoca, por un lado, la imaginación que trabaja a contrapelo de lo mimético y, por el otro, la problematización del discurso literario para plantear cuestiones de límites, desestabilizaciones y zonas híbridas. Como lector (resignado) de mis textos, me veo menos cerca de lo fantástico clásico y más cerca de lo raro y extraño. Menos cerca de Borges, Bioy o Cortázar y más cerca de Silvina, digamos. Además, tengo como referentes a otros escritores como Augusto Monterroso o Virgilio Piñera, por ejemplo. La narrativa argentina es importante para mí, pero como lector o escritor no me siento afiliado a ninguna tradición nacional.

A diferencia de tus anteriores trabajos en Fuera de lugar el paisaje de Estados Unidos está muy presente.

Luego de la publicación de mi primer libro La apariencia de las cosas (1997), un comentario me quedó grabado. “Es curioso”, me dijo un lector, “en estos cuentos, tu contexto está borrado”. Nunca olvidé esa frase. Creo que Fuera de lugar intenta llenar desde la literatura ese vacío vital y contextual. El libro se divide en dos partes: “Lugar”, con seis cuentos que transcurren en diversos puntos de Estados Unidos, y “Fuera”, con otros seis cuentos que no se anclan en un sitio preciso. Me parece que la palabra que elegiste es adecuada: Estados Unidos es una paisaje para estos personajes, una superficie sobre la cual ellos y sus historias se deslizan buscando una señal… Bueno, ¡mejor que los lectores recorran esa superficie!


Como bien indica el título del libro, los personajes pisan terreno movedizo en el mundo. Hay una intención de ellos de aferrarse a algo. Pero a la vez, no hay nostalgia por “un paraíso dejado atrás”.

Me interesaba utilizar la descolocación como metáfora que uniera los relatos sin hacerlos predecibles ni efectistas. La intención era que cada texto planteara una búsqueda. Creo que ese deseo explica en parte que haya tanto viajero en Fuera de lugar. Por eso, como dices, las arenas son movedizas: frente a los paradigmas del “sueño americano” o incluso de la políticas identitarias de ciertos latinoamericanismos, quería plantear aventuras y sondeo más modestos. Por eso, el intento de aferrarse a algo por parte de los personajes prescinde de las grandes narrativas y se ata en cambio a un libro, a un recuerdo, a un tren. Aunque me dicen que los relatos son melancólicos, me parece que evaden la nostalgia. No hay paraísos en la literatura; todo tiempo pasado fue peor.


Eres también profesor y crítico literario. En EE.UU. el español es el segundo idioma. Así y todo, ¿cómo sientes el lugar que tiene la narrativa escrita en castellano en este país?

El español aquí tiene su peso como seña de identidad, pero carece de fuerza política transformadora o de prestigio cultural, incluso en los departamentos académicos de los Estados Unidos. Por otra parte, y volviendo a la narrativa en español en este país, está creciendo en producción y en canales de difusión. No estoy seguro de que esté creciendo en lectores y lecturas. En ciertos casos hay muchas ansias por publicar y menos dedicación a la escritura. Son los tiempos que corren. No sé si un escritor en estos días podría “sobrevivir” (en términos de éxito, relevancia, conexiones, status literario) un espacio de 15 años entre libros, como me pasó a mí. Pondero, no obstante, todo el esfuerzo que se hace desde Nueva York, desde Miami, desde California, para activar el fuego sagrado de las letras. La dedicación a la lectura y la escritura es parecido a ser hincha de un club de fútbol; se sigue al equipo o a la literatura hasta el final, ganes o pierdas.



Has escrito también sobre el cine y la relación con autores latinoamericanos como Borges y García Márquez. ¿Has pensado en escribir sobre Manuel Puig, un autor que tuvo una relación muy estrecha con la cultura de Estados Unidos, además de vivir por varios años aquí?

Con Puig tengo una relación de admiración y, como con Borges, de distancia. Creo que el tono y la perspectiva que manejaba son inigualables, pero también creo que sus novelas están muy marcadas por la época y por su trasfondo personal. Creo que El beso de la mujer araña es una gran novela de y sobre cine. Como bien dices, escribí algunas cosas sobre la relación literatura-cine. Me gusta mucho el cine; me gusta pensar el cine como máquina narrativa y, desde ahí, le veo la relación con los problemas que plantea contar bien una ficción, que es lo más difícil y lo que más me interesa.


                                                                                                                              

                                                                                                                                      Vera


Entrevista Pablo Brescia, El Nuevo Herald